Cuento
El Fuego
Autor
José Rafael Alvarado
Género
Cuento testimonial · Literatura contemporánea
Lectura
10–15 minutos
Un brigadista y bombero reflexiona sobre el fuego y descubre que, después de toda una vida combatiéndolo y perdiendo amigos a sus manos, el verdadero aprendizaje no es vencerlo, sino comprenderlo y aprender a vivir con él.

¿Qué es el fuego?
Como brigadista, sé muy bien que cada llamado implica un peligro no sólo para la sierra y sus habitantes, también para cada uno de mis compañeros que están dispuestos a dar la vida cuando se presenta el fuego, esa línea que separa la vida de la muerte. A pesar de comprenderlo, recuerdo que en cada aviso de emergencia siempre me negaba a pensar que algo pudiera pasarle a algún miembro de la brigada, como si estuviéramos exentos de los riesgos que implica nuestra labor.
Pero aquel trágico día del mes de marzo del 2018 fue diferente. Eran las 13:00 hrs, cuando recibimos el llamado para intervenir en el combate de un incendio allá por Cuamilpa, por lo que rápidamente –desde el sitio en que cada uno se encontraba– nos desplazamos a la entrada de la sierra que conduce a dicho paraje, para que de ahí, ya juntos, comenzar a subir en pleno calor por esa larga ladera empinada. Conforme íbamos ascendiendo nuestro corazón se aceleraba por el esfuerzo de subir cargando las herramientas, aparte de que ya llevábamos puesto nuestro equipo de protección personal: monja, casco, guantes… el sudor comenzó a correr por nuestros rostros, hasta que por fin llegamos a lo alto de la loma donde comienza la planicie de la presa, encontrándonos con la brigada oficial, la que nos dio indicaciones de atacar el flanco poniente para impedir que el fuego se metiera en los encinares, provocando más daño. Las horas fueron transcurriendo en un constante ir y venir, cortando líneas de avance del fuego, nuestro cuerpo se iba cansando, así como nuestras reservas de agua se iban acabando.
La noche llegó, y al reunirnos para hacer una evaluación del siniestro, nos percatamos de que no aparecía un brigadista, por lo que decidimos detener el combate e iniciar la búsqueda que se extendió hasta largas horas de la noche, sin un resultado positivo. Formamos un cordón humano para peinar la zona mientras gritábamos, alumbrando todos los rincones donde se había visto al camarada por última vez, pero no encontramos nada.
Al final, nos reunimos en círculo y tomamos la decisión de retirarnos, con la consigna de retomar la búsqueda con los primeros rayos del sol, no sin antes, bajo el manto de las estrellas, unirnos en una oración que la chica extrema –hija de un experto brigadista– elevó, llenándonos de esperanza en esos momentos de angustia y oscuridad.
Bajamos todos cabizbajos, agotados, sólo para descansar un rato y reiniciar la búsqueda. Con el amanecer retomamos la vereda que sube la montaña. Fueron horas recorriendo nopaleras, encinares, cañadas y hasta debajo de las piedras. Siempre gritando su nombre; a lo lejos nos veíamos los buscadores con las manos levantadas, señalando cada uno su posición. Hubo un momento en que perdimos la esperanza, sin embargo, el milagro se hizo presente, pues por la planicie un brigadista lo vio emerger de entre los matorrales. Fue entonces que se corrió la voz de que se le había encontrado, por lo que todos corrimos al sitio marcado.
Y ahí estaba… la alegría se desbordó, gritamos, lo abrazamos, llenándonos de una felicidad indescriptible, uniéndonos en un abrazo que fortaleció los lazos de hermandad y solidaridad entre todos los combatientes.
Al bajar y llegar a mi casa me tumbé en la cama para descansar y dormir un poco, pero llegaron a mi mente recuerdos y vivencias de incendios pasados, allá en la petroquímica.
El fuego en las instalaciones de la industria es diferente; en el bosque tienes que andar corriendo, combatiendo en las líneas que veloces te van ganando, pero en la fábrica no, la mayoría del tiempo tienes que estar de pie, sosteniendo con fuerza y pericia una manguera, disparando un gran chorro de agua sobre un dragón color negro.
Abríamos boquetes en la pared, nos tirábamos al piso al escuchar el grito de nuestro jefe de cuadrilla, sentíamos la bocanada de fuego y humo pasar sobre nuestros cuerpos; trepando paredes, rompiendo techos, impresionándonos con los bomberos equilibristas que jugueteaban con sus vidas en acrobacias que no podíamos ni pensar.
El humo, encerrado entre el tabique y el metal de la fábrica, es más mortal que en el bosque, pues son químicos en combustión y si nos llegaban a envolver, no tendríamos escapatoria.
Recuerdo que se comenzó a correr la noticia de que un trabajador no aparecía, alguien habló a su casa preguntando si no había llegado, recibiendo una negativa, dando inicio al protocolo de búsqueda entre las instalaciones, equipo y maquinaria del área donde había ocurrido el incendio. Fue así como se logró encontrar el cuerpo del compañero, tratando de cubrirse la nariz con un paliacate. Ahí estaba, tirado, asfixiado… no había tenido tiempo de salir, pues intentó cerrar válvulas importantes para que no estallara la planta, pero el tiempo y el humo lo atraparon.
¿Por qué fuiste tú, amigo?
¿Por qué chingados te quedaste a trabajar horas extras?
¿Qué culpa tenía tu hija que quisieras ganar unos pesos más para su fiesta de quince años?
Ese día me tocó darle la noticia a su familia. Al escucharla, el llanto y dolor les llenó el alma. Gritaban, se jalaban el cabello, maldecían mientras yo ahí permanecía serio, apretando los puños y sellando las lágrimas que me querían brotar de impotencia. Sentí culpa.
–No te rajes carnal, el puesto es tuyo. –recuerdo que le decía, ya que la empresa quería apoderarse de esa plaza.
–Pero me están presionando, Rafita. –me contestó.
–Usté’ aguante, nosotros te apoyamos.
Y aguantaste todo. ¿Para qué? Para que fueras el héroe cerrando válvulas.
En esos días estábamos en revisión salarial y, antes de irnos a pláticas, realizamos una reunión con los delegados. ¡Carajo!, no pude ni comenzar, las palabras se me atoraron en la garganta y tuve que salir del salón de juntas para tomar un poco de aire ante la mirada atónita de los delegados.
Uno también tiene derecho a doblarse.
Todo fue girando a un ritmo acelerado, se llegó a un arreglo rápido sobre el salario, pues a la empresa no le convenía el conflicto.
Y así, de regreso por la noche, sólo pasé rápido a casa, le di un beso a mi pequeña hija que ya estaba dormida, otro a mi esposa y salí a la calle. Mi cuerpo estaba cansado, mi mente confusa y en la soledad de la noche me dirigí al velatorio de Tequex para acompañar a nuestro compañero.
Al otro día –al llegar el momento de sacar el ataúd para subirlo a la carroza e irnos al panteón de santa Cecilia–, llegaron los mariachis que los compañeros de trabajo habían contratado para despedirlo, y entonaron algunas canciones que le agradaban en vida, pero al cantar “Amor eterno”, de Juan Gabriel, inició una escena que fue lo más doloroso que había vivido. Todos lloraban, su hija se desmayó dos veces y su esposa se aferraba al ataúd sin querer soltarlo.
Ese día recuerdo que mi pequeña hija me acompañó y vio todas estas imágenes que se le quedaron grabadas y que hoy, aún después de treinta años, las tiene presentes en su mente.
Fuego… ¿Qué es el fuego? Dador de vida, constructor y destructor. Fuego adorado como Dios, benefactor. Qué podría decir de ti fuego… fuego.
Pero yo no estaba exento de que algo me pasara y llegó el día. Recuerdo que se trataba de un incendio más y tuvimos que entrar a combatirlo, pero en un descuido el humo me encerró, debilitándome, mientras las llamas amenazaban con acorralarme, pero bomberos salvadores y amigos lograron rescatarme. Sin embargo, no podía cantar victoria, el problema apenas comenzaba, pues la afectación del humo me hizo sentir que la vida se me iba en un remolino que me jalaba hasta el fondo. Apenas y alcanzaba a distinguir los rostros de mis amigos desesperados, como en murmullos les alcanzaba a escuchar: “se nos va, se nos va”. Y es que en esos momentos de desesperación todo me sonaba con eco, mientras caía y caía, hundiéndome en un agujero sin fin.
Yo luchaba por aferrarme con las uñas a algo, a lo que fuera, pero no encontraba nada, hasta que por fin logré escuchar las palabras del doctor de la fábrica: “ya la libró”…
Los días pasaron, yo había quedado mal de salud y estuve un largo tiempo en recuperación, pero agradecido con la vida por no haberme quedado ahí, como Vidal, otro compañero que quedó bañado en aceite hirviendo a 300 °C, trastabillando unos metros como si fuera un cirio andando, derritiéndose por completo. Imagen que tengo grabada en mi mente y que atormenta mis sueños en algunas noches.
O Francisco, que le estalló un depósito de Therminol, quemándole todo el cuerpo. Todavía lo alcancé a visitar en la cámara especial del hospital de Lomas Verdes, a donde sólo podías entrar con todo tu equipo de aislamiento. Ahí estaba en la plancha de acero. No sabía qué decirle, él a duras penas podía emitir algunas palabras: “Rafita, no aguanto… ya no puedo”. Hasta que un día después, falleció.
Su cuerpo fue llevado hasta su pueblo ubicado entre Veracruz y Puebla. Una casita de troncos de pinos como se acostumbra en esos sitios. Ahí se colocó su ataúd, en el centro de la habitación, a unos tres metros de la mesa donde nos dieron de comer, sirviéndonos a cada momento, uno tras otro, vasitos llenos de aguardiente.
A veces todos estos recuerdos hacen que tenga pesadillas y hoy, con lo que pasó en Cuamilpa, no quisiera que llegaran otra vez, Por eso, sin descansar, me atreví a escribir estas líneas. Al final, debo agradecer a la vida que sigo aquí, que encontramos al compa sano y salvo, que da mucho gusto ver a los hermanos de fuego regresar con bien de algún incendio en la sierra.
Por eso, siempre que atendemos un llamado, muy en el fondo pido al creador que nos dé fuerzas y nos cuide.
Al principio le tenía coraje al fuego, agarraba mi herramienta y sobre él descargaba toda mi rabia. Quería desquitar las vidas de mis compañeros: “¡Toma, cabrón!” “¡Maldita sea…!, ¡trágate ésta!” y tiraba con todas mis fuerzas.
Fue hasta que El Perro, viejo brigadista –muy canijo y siempre maldiciendo a todos–, me dijo:
–Tranquilo, Rafa. Mira, al fuego hay que tratarlo con cariño, no es necesario alocarse, pégale suavecito, vas a ver como no te hace nada y lo doblas.
Desde entonces dejé de odiar y comencé a ser más tolerante –pasivo, dijera–. No gasto la fuerza en vano, trato mi vida y a todo como al fuego, quien –a final de cuentas– no tiene la culpa de que le suelten las amarras.
“El fuego” fue publicado originalmente en Voces y Susurros de la Sierra de Guadalupe.

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