Ensayo

Manifiesto


Autor
Israel Rojas

Temática
Ciudad · Literatura · Marginalidad · Violencia · Alienación · Resistencia

Tiempo de lectura
5 a 10 minutos

Una declaración literaria contra la pasividad, la simulación y el lenguaje domesticado. Israel Rojas recorre la ciudad, sus cuerpos, sus ruinas y sus contradicciones para reivindicar una literatura que no observe desde lejos, sino que se mezcle con la vida, la violencia, el ruido y las pequeñas existencias que también tienen algo que decir.

Ilustración urbana en lápiz, tinta y collage con una ciudad oscura, un cuervo, un excusado y un sol rojo, inspirada en Manifiesto de Israel Rojas.

El mundo, quizá, es horrible en general, pero nuestro país es una experiencia única que entrevera la vida y la muerte, lo bello y lo feo, lo sublime y la vil basura que es arrastrada por las lluvias torrenciales sin que la ciudad pueda quedar limpia (esta metrópoli que hiede como si fuera el culo del mundo), pero que sí nos ha traído hasta este agujero que es el inicio de todo, porque todo inicio es esférico, redondo, como el punto de sangre que surge en el cigoto, como el punto de pus que asoma en el miembro gangrenado que anuncia la espiral del dolor. Circular es el hoyo por el que llegamos a la vida y por el que se nos escapa para ir a dar a las entrañas de la gran esfera que nos contiene y que viaja en la indiferencia abisal del universo, en un remolino que me imagino casi idéntico al de la cagada deslizándose por el vórtice del excusado.

Desecho el papel higiénico, le doy una coz a la tapa del wáter y vivo intensos segundos de felicidad básica y orgánica. Me siento libre, ligero, nada duele. Defecar, comer, dormir y fornicar sin alteraciones ni dolor, es la paz del cuerpo. Me lavo las manos, abro la puerta y salgo al conflicto de la vida, salgo a meter las manos en la carne viva de la ciudad que es su gente. Otredades hechas de carne, huesos y vicios secretos, como yo, pero que son un reflejo de una parte de mí que, al mismo tiempo y como los demás, está despedazado.

Afuera del excusado es difícil entender la realidad porque ésta se fragmenta y deforma como la reproducción en los abominables espejos (la imagen es la de un reflejo peregrino de J. L. Borges, un absorto Borges⁹ que se descubre en una esquina insospechada), ingrávido y al mismo tiempo sujeto a los discursos de la época. Que otros vengan a edulcorar el lenguaje y la realidad, que otros vengan a enamorarse de su reflejo en el fango. A la mesa de la literatura hemos traído el cadáver de un pavo real que será diseminado como un dolor de muelas hecho de orgasmos y agujas.

Porque ante la pasividad, la violencia de la caída, ante la simulación, la herida abierta, ante la luz inocua de las luciérnagas, la flama que consume nuestros barcos y galeras. Reclamamos las cunetas y las azoteas, las cantinas y los hospitales, los mps y los toquines sonideros, porque creemos que en todos lados se está sucediendo las historias, en todos los rincones urbanos la poesía traspasa su condición de tinta y papel y se hace vida, la misma de la que se creen dueños patrones, empresas y hombres de banca, la vida que hemos recuperado de la enajenación y la esclavitud sostenida en la pobreza y la ignorancia. La breve vida que toma forma de grito, susurro, palabra mágica, caricia, aullido, llamado a la batalla del día a día de la que nadie sale ileso.

Pletóricos en las derrotas y signados por hados teporochos, daremos al mundo una horrible canción de cuna para su estrépito y epitafio. No hay marcha atrás, “chavorupestres” en crisis, nos consume el tiempo y el silencio provocado por la luz del ruido de todas las cosas que braman por ser escuchadas. Una bomba estalla ante nuestros ojos: sobresaturados de información, inmóviles y absorbidos por el calor del resplandor, aborregado el horizonte, sobreviviremos como la cucaracha y la mosca en la sopa de perlas: cínicas y alucinadas.

Porque las pequeñas vidas, las vidas miserables, también tenemos algo qué vomitar.


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