Contracanto a Walt Whitman: Pedro Mir contra el rostro imperial de Estados Unidos
Ensayo
Autor
Israel Rojas
Género
Ensayo literario · Poesía latinoamericana
Lectura
12–16 minutos
Una lectura de Contracanto a Walt Whitman, el poema de Pedro Mir que dialoga con el poeta mayor de Estados Unidos para denunciar la usurpación imperialista de su voz, la violencia del capitalismo y la fuerza colectiva del nosotros latinoamericano.

Hay poemas que se vuelven parte de la historia porque nos acercan a los eventos coyunturales de una época. Pero también hay fenómenos históricos que no cambian de fondo, sino de forma. Entre ellos están los ya bien conocidos intereses expansionistas de la hegemonía estadounidense, rastreables desde su bélica fundación hasta las distintas formas de intervención política, económica y militar que han marcado la historia de América Latina y buena parte del mundo.
La efervescencia de esos momentos y los fines hegemónicos de Estados Unidos son muy similares al contexto geopolítico y social en que se publicó el poema de largo aliento Contracanto a Walt Whitman, del dominicano Pedro Mir. Por eso me parece más que prudente, necesario, traer a la lectura contemporánea un poema publicado en 1952. Por una parte, porque da cuenta de que la poesía comprometida no es una categoría temporal, sino una forma poética: la forma de batalla que tiene el lenguaje cuando responde ante los momentos coyunturales. Por otra, porque nos obliga a preguntarnos si hoy existe, o si quizá se está gestando en algún lugar del mundo, un poema con la potencia, claridad y vigencia del Contracanto a Walt Whitman.
Pedro Mir frente a Walt Whitman
Escrito desde el exilio, el poema de Pedro Mir nace de una mirada latinoamericana herida por la historia. Para mediados del siglo XX, Mir había llegado a México motivado tanto por problemas de salud como por la persecución política de la que fue víctima por parte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, de quien fue crítico. En 1952, año en que se publica el poema, Mir ya tenía una perspectiva amplia de los intereses estadounidenses en Centroamérica y el Caribe, así como una voz poética que iba en ascenso hacia su madurez.
En 1949 ya había escrito Hay un país en el mundo, libro con el que ingresa al mapa de la poesía latinoamericana. Así que Pedro Mir tenía 39 años cuando se puso en diálogo poético y confrontativo no con un hombre, sino con todo lo que representaba culturalmente ese nombre y su sola pronunciación: Walt Whitman, el creador de Canto a mí mismo, el poeta mayor de Estados Unidos.
Conformado por 17 fragmentos, el poema de Pedro Mir gira en torno a tres ejes temáticos: el yo whitmaniano, representante de la historia y los valores del capitalismo; el nosotros colectivo, figura de confrontación y resistencia ante el intervencionismo yanqui; y una crítica al sistema capitalista que ha usurpado la palabra de Walt Whitman, con lo cual también hay una reivindicación del poeta.
Sin embargo, resumir así el poema sería una grosería no sólo para el poeta y el lector, sino también para el momento presente en que este poema vuelve a ponerse sobre la mesa. No importa si el lector sabe o no quién fue Walt Whitman, porque Pedro Mir, después de presentarse y anunciar que viene a hablarle al mítico poeta, no nos presenta únicamente al hombre, sino todo lo que hay detrás de la conformación de una nación que desde su fundación se plantó en el individualismo expresado en el “yo”. Una tierra a la que sólo le hacía falta la palabra “mío” para dar el salto hacia el sueño de un país que comenzaba su delirio de hegemonía mundial.
“Y suavemente se forjó la canción:
Pedro Mir, Contracanto a Walt Whitman, fragmento 7.
yo el cow-boy y yo el aventurero
y yo el pioneer y yo el lavador de oro
[…]
y yo
¡Walt Whitman,
un cosmos,
un hijo de Manhattan…!”
El sueño de una nación poco a poco fue derivando en grandes ciudades, enormes rascacielos, empresas, sucursales y centros comerciales, pero sobre todo en la avaricia de ese yo individualista que todo lo consume y que paulatinamente se alejó del hombre pensado por Whitman: el hombre que integraba un pueblo.
El yo, el mío y la caída de los pueblos
Por lo anterior no es extraño que, de los 17 fragmentos del poema, buena parte nos hable de la conformación, transformación y ambición intervencionista de Estados Unidos. Una nación que se olvidó de sus orígenes nómadas y migrantes para integrar a los países del mundo a su concepto reinante del yo, del mío y del progreso.
En el fragmento 13, Pedro Mir lleva esa denuncia a uno de los momentos más claros y duros del poema. El viejo yo whitmaniano ya no está en la garganta democrática del poeta, sino en la calle del oro, en Wall Street, en la lengua de los intereses comerciales y militares. Allí aparece el señor Babbitt, emblema del sujeto capitalista, reclamando pueblos como mercancías.
“—Traedme todos esos pueblos en azúcar, en nitrato,
Pedro Mir, Contracanto a Walt Whitman, fragmento 13.
en estaño, en petróleo, en bananas,
en almíbar
traedme todos esos pueblos.
[…]
Vienen todos, vienen cayendo.”
Éste es el rostro que conocemos de Estados Unidos y que perdura hasta nuestros días: un sistema, más que una nación, que busca expandirse y mantener su influencia mundial por encima de los pueblos que considera disponibles, explotables o sacrificables. La fuerza del poema está en que no reduce el problema a un gobierno específico ni a una administración pasajera. Pedro Mir señala algo más profundo: una lógica histórica de dominación que convierte territorios, cuerpos, recursos y culturas en materia prima para sostener el poder de un yo desmesurado.
El poema no envejece porque no se limita a denunciar una coyuntura. Su vigencia está en haber entendido que el imperialismo no es solamente una serie de acciones militares o comerciales, sino una forma de nombrar el mundo, de apropiarse de él y de imponer una gramática donde el otro sólo existe como posesión, amenaza o mercancía.
La llegada del nosotros
Sin embargo, y en concordancia con el poema, hoy como ayer existe una resistencia: un nosotros nacido de la colectividad. A partir de los fragmentos 15 y 16, Pedro Mir desplaza el centro de gravedad del poema. El yo, inflado por el capitalismo y la voluntad imperial, empieza a ser enfrentado por una palabra más amplia, más grave y más humana: nosotros.
“Y ahora
Pedro Mir, Contracanto a Walt Whitman, fragmento 15.
ahora es la palabra
nosotros.
Y ahora,
ahora es llegada la hora del contracanto.
Nosotros los ferroviarios,
nosotros los estudiantes,
nosotros los mineros,
nosotros los campesinos,
nosotros los pobres de la tierra,
los pobladores del mundo,
los héroes del trabajo cotidiano,
con nuestro amor y con nuestros puños,
enamorados de la esperanza.”
Ese nosotros no es una abstracción decorativa. Es una suma de cuerpos concretos: trabajadores, estudiantes, campesinos, pobres de la tierra, pobladores del mundo. Es decir, todos aquellos que sostienen la vida y, sin embargo, suelen ser borrados por el relato triunfalista del capital. Frente al yo que grita desde los bancos, las fábricas de armas, los decretos y las fronteras, Pedro Mir levanta una comunidad de voces que no se resignan a ser arrastradas por la caída.
La potencia del Contracanto está ahí: en convertir la oposición política en una arquitectura poética. Mir no escribe un panfleto disfrazado de poema. Escribe un poema que entiende la historia, la absorbe, la devuelve en ritmo, enumeración, invocación y combate. Por eso el nosotros no aparece como consigna vacía, sino como una respiración colectiva. La palabra se ensancha hasta que ya no cabe en el individuo.
La usurpación de Whitman
Al ser un poema de largo aliento, Contracanto a Walt Whitman exige un trabajo más arduo para ahondar en sus aspectos técnicos. Sin embargo, para cerrar este breve análisis, cabe destacar el tono épico del poema, sus imágenes claras y su ritmo ágil y vibrante. También debe señalarse el tercer eje temático: la confrontación directa no con Whitman, sino con aquellos que usurparon su palabra y su imagen.
Pedro Mir no ataca al viejo poeta democrático. Al contrario: lo rescata de quienes lo han convertido en bandera de fuego, metralla y dominio. En ese sentido, el poema es también un acto de justicia literaria. Mir distingue entre Whitman y el uso que el poder hace de Whitman. Distingue entre el poeta y la nación que pretende apropiarse de su voz para justificar su violencia.
“Los que no quieren a Walt Whitman el demócrata,
Pedro Mir, Contracanto a Walt Whitman, fragmento 17.
sino a un tal Whitman atómico y salvaje.
Los que quieren ponerle zapatos
para aplastar la cabeza de los pueblos.
[…]
Los que toman la lengua de Walt Whitman
por signo de metralla, por bandera de fuego.”
Mir, después de ajustar cuentas con los traficantes del lenguaje poético, regresa a Whitman para estrecharlo en un abrazo fraternal y colectivo. Porque Mir, al fin poeta también, no puede sino reconocer en Whitman a un poeta de primer orden. Mantiene con él un diálogo en el que se extienden la crítica, la parodia y la imitación de algunos recursos técnicos, como el verso libre y la estructura de largo aliento. El resultado es un diálogo poético afortunado al que estamos llamados nuevamente a leer.
La grandeza del poema está en no caer en la facilidad de destruir a Whitman para denunciar a Estados Unidos. Pedro Mir entiende que el problema no es el poeta, sino la maquinaria que lo reduce, lo domestica y lo utiliza. Por eso el Contracanto no es una negación de Whitman, sino una disputa por su sentido.
Un poema que sigue respirando
El pasado, a pesar de las mejores intenciones, no siempre puede evitar que se cometan los mismos errores ni los mismos abusos, o incluso peores. Por eso Contracanto a Walt Whitman sigue vivo. No como pieza de museo literario ni como reliquia de una poesía comprometida que ya no tendría lugar en el presente, sino como una advertencia escrita con inteligencia, rabia y oficio.
Hoy, como a mitad del siglo XX, no sólo los poetas sino la humanidad consciente está llamada a responder con la fuerza de la colectividad. Y si algo nos recuerda Pedro Mir es que el lenguaje no está condenado a servir al poder. También puede enfrentarlo. También puede devolverle al mundo una palabra que no sea mercancía, decreto ni amenaza.
El poema Contracanto a Walt Whitman, de Pedro Mir, está ahí, vivo en sus letras y en sus imágenes. Perdura para alertarnos de la amenaza que ha significado la política exterior de Estados Unidos para los pueblos libres del mundo, esté quien esté en la Casa Blanca. Pero también perdura para recordarnos que toda palabra usurpada puede ser disputada, que todo yo imperial puede ser enfrentado por un nosotros, y que la poesía, cuando alcanza su verdadera temperatura histórica, no sólo canta: también responde.
No parece haber hoy, en el escenario inmediato, un poema que nos convoque con esa fuerza. Pero no tengo duda de que está oculto en algún borrador, o de que en este momento alguna mujer u hombre lo está escribiendo. Mientras tanto, no está por demás recordarle al lector que este texto tiene un fin último: ser un conducto hacia el poema completo de Pedro Mir, en un momento de la historia en que su lectura o relectura resulta reveladora.
Fuente consultada
Pedro Mir, Poesías (casi) completas, Siglo XXI Editores, México, 1994.
