La concha

Cuento

Autor
Israel Rojas

Género
Ficción literaria · Metaficción

Lectura
10–15 minutos

La admiración por un libro olvidado lleva a un joven estudiante a emprender la búsqueda de un escritor desaparecido. Lo que comienza como una investigación literaria terminará convirtiéndose en una reflexión sobre el arte, el reconocimiento y aquello que realmente permanece de una obra.

Ilustración del cuento La concha, de Israel Rojas, donde un joven investigador literario encuentra a un escritor olvidado convertido en panadero.

Herido por el resplandor que deja la lectura de un gran libro, Luis, un joven estudiante de literatura, se preguntó al final de la jornada —al tiempo que repasaba en sus manos la edición artesanal de Fisuras en el paraíso— quién era y de dónde carajos había salido el autor de aquella quimera, un tal Segismundo Nava.

Atizado por la curiosidad literaria, el joven estudiante reacomodó sus horarios y logró hacerse de un espacio para empezar una investigación en torno a la vida y obra de Nava. Así es como rápidamente se dio cuenta de que estaba ante el fantasma de un desconocido que sólo había dejado algunos poemas como cabos sueltos en revistas electrónicas que publicaban en directo, sin el filtro de un editor.

Por lo tanto, eran en su mayoría poemas que se sentían incompletos, de una musicalidad pobre y apelmazada, lo que desconcertó a Luis, quien no podía conciliar estos últimos hallazgos con la grandilocuente y depurada técnica del autor mostrada en Fisuras en el paraíso, un ensayo que con el paso de las páginas tomaba forma de novela, recetario de poesía, crónica social, crítica literaria, trozos de un diario cualquiera al que se le escapaban confesiones sólo imaginadas por el narcisismo obsesivo que iguala a todos los artistas.

Sin embargo, increíblemente parece que esas cualidades habían pasado desapercibidas para los pocos lectores que tuvieron acceso al libro en los últimos veinte años, pensaba Luis mientras movía la cabeza negativamente y repasaba la escasa información con la que contaba, según Cronopio Ternura y Texto Dislexia, dos escritores en activo que accedieron a platicar con él y que convivieron en más de una ocasión con Segismundo Nava.

Publicado en 2004, Fisuras en el paraíso es un libro que pasó desapercibido, gracias a su pírrico tiraje de 100 ejemplares, los cuales fueron a dar a manos de familiares, amigos y colegas que no tenían ni el más mínimo interés en leerlo, ya fuera porque eran lectores poco dados a literatura o porque eran pares que estaban en el mismo proceso de dar a conocer su obra, y por lo tanto les valía un cacahuate bañado en salsa Valentina que otra mosca viniera a hacer bulla en el ya de por sí mosqueado mundillo editorial de la CDMX.

Con el resto, tres cuartas partes de la producción, anduvo en todos y cada uno de los espacios que le salían al paso, con tal de vender sus libros a un precio más o menos decente, pero muy pocas veces lograba más de dos ventas al hilo en casas de cultura, bares, cantinas, cafés, pulcatas, lecturas improvisadas en mercados, pasillos del metro, ferias, escuelas, universidades, plazas cívicas, parques y hubo hasta quien le propuso psiquiátricos y clubes de macramé.

Cronopio Ternura advierte que las exiguas ventas de Fisuras en el paraíso se debían a la extensión del libro y a la nula inversión en publicidad. Texto Dislexia era más severo y señalaba que, a pesar de que el libro es muy bueno, en el fondo lo encontraba tan pedante y pretencioso como el mismo Segismundo, razón por la cual, supone Dislexia, no soportó el fracaso y terminó rindiéndose por ahí del 2010.

Luis, por otra parte, concluye que el libro es voluminoso, Segismundo era un autor limitado por la falta de dinero, la portada y en sí todo el diseño también trabajaban en su contra, y por último encontró casi natural que otro artista terminara hablando mal de otro artista; al parecer, es parte del oficio. Sin embargo, Cronopio Ternura, a leguas el menos resentido de que la entrevista no se tratara de ellos, le dio un último dato a Luis: una dirección.

Esa noche Luis hizo planes y tomó una decisión. Al día siguiente andaba por una imprevista zona popular de Iztapalapa, no sabía qué esperar. Preguntó por un número y un nombre, un teporocho señaló la esquina. Pero al percatarse de que el lugar signado era una panadería, su confusión creció, miró alrededor y por fin se decidió a preguntarle al panadero si conocía a un tal Segismundo Nava.

—¿Pa’ qué lo quiere y quién lo busca? —contestó el hombre que se limpiaba las manos blancas de harina con un delantal.

El joven sacó el libro de entre sus pertrechos de estudihambre y lo extendió a las manos enharinadas.

—Soy Luis Pescador y estoy buscando al autor de este libro.

El hombre apenas iba a tomar el bulto en sus manos cuando lo reconoció y soltó tremenda carcajada en medio de tosidos y carraspeos que culminaron en un escupitajo.

—Disculpe, ¿cuál es la gracia? —preguntó Luis exasperado, con el color de la humillación en las mejillas y a punto de salir corriendo de la panadería, a no ser porque el grandulón adivinó su gesto y lo contuvo colocando su mano sobre el hombro.

—Ja… espera, ja, ja… ok. Sí… ja, lo conozco, y a ese pinche libro feo, también.

Segismundo tomó el libro, le dio un par de palmadas al joven y lo invitó al interior de la panadería. Con el segundo vaso de cerveza, el estudiante pareció entrar en confianza y comenzó a hacer las preguntas en torno a la construcción de Fisuras en el paraíso, a lo que el viejo Segismundo dio respuesta echando para atrás la cinta de su casete, regresando a tiempos que no eran lejanos, pero que en su mente permanecían como en el fondo de un archivero oscuro y con telarañas. Así es cómo Luis se enteró de los pormenores creativos de lo que él consideraba una de las experiencias estéticas más trascendentes en su vida.

—Pero si apenas tienes veinte años, a esa edad todavía somos susceptibles a impresiones pueriles… en fin, no deja de sorprenderme tu visita, muchacho.

Luis, creyendo haber llegado el momento oportuno, se puso frente al artista y le expuso la verdadera razón de su visita, la cual era devolverlo, a él y a su novela aglutinante, a la escena pública porque, claro, no podía explicarse cómo fue que a partir de 2010 simplemente decidiera desaparecer y ahora verse reducido a revolver harina y agua para hacer pan.

—¡Eeey!, no, no te equivoques, jovencito. Yo no “caí aquí” y no tienes que concederme una mirada de lástima. Si renuncié al perfil de vida de “escritor” es porque aquí no necesito estar conectado con el mundo, subyugado a una agenda y sus exigencias impuestas por el mercado.

Sí, lo di todo por y en esa novela, lo cual me llevó a actuar erráticamente, como si estuviera enamorado, producto de ello es la horrible portada y su diseño. Y aunque me costó unos años, cuando por fin terminé con la pesada carga de mi libro autopublicado, también me liberé de las lecturas y presentaciones de libros en los mismos lugares y con la misma gente, jugándole al esteta, al opinólogo de ocasión que debe estar activo y pendiente de las redes sociales, fingiendo tolerar sandeces y ocurrencias de poetas, místicos, performanceros, teatreros, cirqueros, músicos y otras criaturas, rematando con un “felicidades, maestra”, “¡qué bonito cuento!” y otras hipocresías que, sólo de recordarlas, me amargan la boca…

Aquí, como podrás ver, me he encerrado los últimos años de mi vida a perfeccionar el arte de la panadería, logrando la concha por la que mis clientes hacen largas filas. Y vienen auténticamente por la concha, no por mí… cuánto me hubiera gustado que pasara lo mismo con Fisuras en el paraíso, pero no, tuvo que ser con mis conchas.

¿Lo ves? A mis clientes no les importa si soy buen padre o no, si acaso odio la democracia, si pago o no mis impuestos, si veo porno o si me gustan las sopas instantáneas con frituras y mayonesa, mucho menos mi posición política ni el género de mis pensamientos… ellos sólo quieren la concha, su inalterable aroma, sabor y textura. En sus sonrisas y puntual asistencia compruebo la autenticidad de mi arte, la eficacia de mi técnica… no, ya no tengo nada qué demostrar.

—¿Eso quiere decir que no acepta mi propuesta? —preguntó Luis abrumado por la incomodidad del momento.

—No, rotundamente no… —contestó Segismundo sin apartar la vista del semblante descompuesto del joven que de un momento a otro parecía empequeñecerse. Sin embargo, el viejo panadero no lo pudo evitar. Adentro de él y en contra de su voluntad, sintió el resplandor de una pequeña flama que creía extinta y que lo excitó; por supuesto, era el fuego del ego. Entonces, volviendo a llenar los vasos de fría cerveza y con un tono de voz que parecía rejuvenecer, dijo conciliador:

—Ey, pero… empecemos otra vez por el inicio… A ver, cuéntame un poco más sobre esa novela, hace mucho tiempo que la escribí.


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