Cuento

El otro mundo


Autor
Isaid Cornejo

Género
Ficción especulativa · Fantasía filosófica

Lectura
5–10 minutos

Un hombre atraviesa un día marcado por la rutina, el desgaste, la infidelidad y la huida. Al despertar en otro mundo, descubre que la vida humana podría ser una pesadilla demasiado coherente para haber sido solamente un sueño.

Ilustración del cuento El otro mundo, de Isaid Cornejo. Una criatura alada contempla un portal entre un bosque fantástico y una ciudad moderna, simbolizando el contraste entre la naturaleza consciente y la rutina de la vida humana.

Desperté antes de que sonara la alarma, no por disciplina sino por esa ansiedad ligera que se instala cuando uno empieza a vivir por inercia. El techo tenía la misma grieta de siempre y la luz indecisa de la madrugada apenas marcaba los bordes del cuarto. A mi lado, ella dormía de espaldas. No había distancia física, pero sí esa otra, la que no se mide con centímetros sino con silencios acumulados.

Me levanté con cuidado, como si todavía creyera que evitar el ruido evita el conflicto. En la cocina preparé café, rompí dos huevos, abrí el refrigerador sin esperar nada distinto. La rutina tiene algo tranquilizador: mientras repites gestos no necesitas pensar en lo que se está erosionando. Cuando ella apareció en el marco de la puerta no hizo falta un tono elevado para saber que el día empezaba torcido.

—Llegaste tarde —dijo.


Respondí con la palabra más cómoda: trabajo. Siempre trabajo. Ella no discutió el hecho sino la costumbre. Dijo que ya no estaba presente, que incluso cuando estaba en casa parecía estar en otra parte. Yo contesté que exageraba, que estaba cansado, que hacía lo que podía. Las discusiones largas casi nunca empiezan con grandes traiciones; empiezan con frases pequeñas que uno afila sin darse cuenta. No gritamos. No hacía falta. Las palabras correctas pueden herir más que el volumen.

Salí con la sensación de haber ganado algo que en realidad era una pérdida. En el elevador evité mirarme demasiado tiempo. Afuera, la ciudad ya estaba en movimiento: personas caminando con prisa, autos detenidos en filas interminables, rostros tensos como si todos estuvieran llegando tarde a algo que no recuerdan haber elegido.


La oficina era una caja de vidrio climatizada, ordenada hasta la esterilidad. Saludé con sonrisas automáticas, tomé asiento y abrí la computadora. Las diapositivas que debía terminar estaban casi listas; sólo requerían ese barniz que convierte la insuficiencia en estrategia. Ajusté gráficos, cambié títulos, agregué palabras que suenan importantes sin decir nada. “Alineación”, “impacto”, “optimización”. Nadie cuestiona esos términos porque todos los usan como si fueran herramientas, aunque funcionan más como anestesia.


Al mediodía bajé a comer y me encontré con Clara. Caminamos juntos sin planearlo demasiado. Hablamos de asuntos triviales, pero había una corriente subterránea que no necesitaba nombre. En la mesa su rodilla rozó la mía y ninguno retiró la pierna de inmediato. Su mano tocó mi muñeca al pasarme una servilleta y sostuvo el contacto un segundo más de lo correcto. Nadie alrededor parecía notar nada. Esa es la comodidad de lo ordinario: permite que lo incorrecto se diluya en lo cotidiano.

Horas después, en el estacionamiento, nos besamos dentro de su coche. No hubo promesas ni declaraciones. Sólo esa urgencia que uno justifica como necesidad de sentirse vivo. Cuando dijo que no deberíamos, respondí que ya estábamos allí, como si el “aquí” fuera una fuerza externa y no el resultado de nuestras elecciones.


Regresé a casa tarde. Ella estaba en la sala con la televisión encendida sin atención. Me miró con un cansancio que ya no intentaba ocultarse. La discusión fue más áspera que la de la mañana. Ella habló de ausencia, de vacío, de sentirse acompañada por alguien que no estaba. Yo respondí con argumentos lógicos que no tocaban el fondo del asunto. Cuando dijo que quería que volviera, comprendí que no sabía a qué versión de mí se refería.


Salí diciendo que necesitaba aire. En realidad necesitaba ruido. El bar de la esquina ofrecía precisamente eso: luces cálidas, voces superpuestas, música vieja. El primer trago alivió la tensión; el segundo hizo parecer soportable lo que no lo era; el tercero comenzó a borrar los contornos de la culpa. Bebí hasta que el mundo perdió definición. Recuerdo fragmentos: un vaso que se rompe, una risa demasiado fuerte, el nombre de Clara brillando en la pantalla del teléfono. Después, oscuridad.

Desperté jadeando sobre piedra fría.


El olor a musgo y resina llenaba la caverna. Mis garras raspaban la roca mientras intentaba orientarme. Las alas, pesadas de sudor, se extendían a ambos lados como si hubiera intentado volar dentro del sueño. La respiración tardó en acompasarse con el latido.


Aesh levantó la cabeza a mi lado. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra y los cuernos dibujaban sombras largas contra la pared.


—¿Qué sucede? —preguntó con voz grave.


Tardé en responder. El contraste era brutal: aquí el aire era húmedo y antiguo; mi cuerpo tenía fuerza, plumas, instinto. Allí… allí había sido otra cosa.


—Tuve un sueño —dije al fin—. Uno perturbador.


Aesh se acercó y rozó mi cuello con el pico en un gesto de calma.


—Los sueños se deshacen con la luz.


—Este no.


Busqué palabras que no traicionaran la experiencia.


—¿Recuerdas las historias que nos contaban de aquellas criaturas extrañas? Los que caminan erguidos, sin alas ni garras. Los que construyen refugios cuadrados y viven encerrados en ellos. Los “hombres”.

Aesh asintió lentamente.


—Decían que eran mitos creados para asustar a las crías.


—Estuve en uno de sus días —continué—. Un día común.


El bosque nocturno murmuraba afuera, indiferente.


—Despertaban obedeciendo un sonido. Se movían en cajas de metal, aislados unos de otros. Pasaban horas frente a superficies brillantes que les devuelven una versión fragmentada de sí mismos. Hablaban mucho, pero la mayor parte del tiempo no decían lo que sentían. Se herían con sutileza. Llamaban amor a la costumbre y deseo a la huida. Mentían sin advertir la violencia de hacerlo.

Aesh guardó silencio, atento.


—Vi a uno traicionar a su compañera y justificarlo como necesidad. Vi cómo regresaba a su guarida y mentía con naturalidad. Vi cómo prefería intoxicar su mente antes que enfrentar la consecuencia de sus actos. Y lo más inquietante no fue la traición ni la mentira, sino que nada de eso parecía excepcional. Era rutina. Era normalidad.


Sentí que el frío del recuerdo se filtraba entre mis plumas.


—No tienen colmillos visibles —dije—, pero desgastan. No desgarran de una vez; vacían poco a poco. Se vuelven huecos por decisión o por miedo, y luego se sorprenden cuando algo los devora por dentro.

Aesh extendió un ala sobre mi espalda.


—Tal vez sólo fue un mal sueño.


Lo miré fijamente.


—Se sentía demasiado coherente para ser invención.


La caverna quedó en silencio unos instantes. Afuera, el bosque seguía su ritmo inalterable.


Aesh me observó con detenimiento.


—¿Y si no fue que tú los soñaste? —preguntó.

Sentí el peso de la pregunta antes de entenderla.

—¿A qué te refieres?

Sus ojos brillaron con una inquietud más honda.

—¿Y si eso que viviste no fue un sueño? ¿Y si fue una vida? Una vida real, tan gris y tan brutal que tu mente sólo pudo soportarla volviéndola pesadilla. ¿Y si en algún lugar tú sigues allí… creyendo que este es el sueño que te consuela?


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Comentarios


Una respuesta a “Cuento | El otro mundo – Isaid Cornejo”

  1. Avatar de Veronica Miranda

    ¡Qué manera tan preciosa de narrar! Transformas la melancolía en algo tangible, la paradoja del ser humano y del ser alados, ¿quién sueña a quién?
    Hermoso cuento, felicidades.

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