Reseña
Lot y sus hijas
Autor
Israel Rojas
Género
Crónica de arte · Pintura · Simbolismo
Lectura
5–7 minutos
Una lectura de Lot y sus hijas, de Lucas van Leyden, que recorre el cuadro como un territorio narrativo. Entre el incendio de Sodoma, la figura convertida en sal, el vino y el deseo, la pintura revela una escena donde la destrucción, la embriaguez y la supervivencia se entrelazan.

El cuadro es una narración de sensaciones y sentimientos en conflicto al que se entra saltando la valla de la orilla siniestra. Rápidamente a nuestra vista se revela una escena dantesca compuesta por dos imágenes chocantes y atractivas: en el fondo, el cielo nocturno y apocalíptico se abre llameante, dejando caer una lluvia de fuego y azufre sobre una ciudad que se consume hasta sus cimientos marmóreos. En primer plano y aún más hipnótico, el cuerpo serpenteante de una mujer nos lleva a recorrer su figura, desde la sandalia de su pie izquierdo, hasta los pliegues de su vestido ondulante que va del rosa al verde oscuro y limita con un escote sugerente, expuesto por la inclinación del hombro y el brazo al escanciar el vino.
Atrás de ella, un hombre entrado en años y con el rostro visiblemente descompuesto por el alcohol y el deseo, atrae hacia sí el cuerpo de otra moza que parece debatirse entre el recato y la liberalidad. El espectáculo es de no creerse y la sorpresa no es para menos pues, habiendo omitido el título del cuadro, ha surgido la intriga que nos conmina a observar bajo lupa cada detalle de la pintura.
Hija de su época –circa 1514–, no carece de elementos simbólicos que conceden dinamismo a la acción que se narra. Atrás de la tienda roja asoman otras dos carpas que con el espesor del bosque guiñan una vereda que va a la montaña, la cual deja pasar el camino a través de un arco rocoso y sostiene los edificios de otra ciudad que parece mecida en sosiego.
Nosotros tomamos la vía descendente, doblamos un viaducto hasta encontrarnos de frente con las figuras que caminan por el puente. Entonces caemos en la cuenta de que hemos retrocedido en el tiempo narrativo para conocer que estamos ante las sombras de Lot, sus hijas y un asno. Pero esto no lo sabemos por las siluetas que han quedado fijas en el punto medio del cuadro, lo intuimos por la figura femenina que contempla estática la destrucción; un segundo vistazo delata que no se trata de una persona, sino de una estatua de reluciente sal cristalina.
El caos inicial deja de serlo y la luz se hace adentro del óleo. Regresamos a toma abierta y la dicotomía conflictiva de las dos imágenes no se disuelve, por el contrario, se acentúa, pero los motivos se clarifican. Atrás de las formas y de la mujer de sal hay una elipsis: los ángeles que han llegado a consumir la metrópoli, el encuentro con Lot y el banquete en su casa.
El texto bíblico no deja lugar a suspicacias: la ciudad sería aniquilada por la perversidad y corrupción de sus ciudadanos. Lot ofrece a sus hijas vírgenes para salvar a sus invitados, los ángeles revelan su naturaleza y le ordenan huir sin mirar atrás. La incredulidad de los yernos obliga a Lot a salir con su esposa y dos hijas en mano. En el trayecto, la efigie que mira al Mar Muerto marca el paso hacia la narración que se completa con el pasaje del Génesis en que la hija mayor embriaga a su padre para perpetuar la vida.
Entra a escena otro personaje decisivo: el vino, aquel espíritu que crea brumas mentales, estimula los sentidos y empuja a hombres y mujeres a liberar sus impulsos más básicos. Bajo la máscara los cuerpos se excitan, todo se vuelve insinuación. En la ciudad, gente calcinada grita y la lluvia de fuego hunde navíos y pilares; acá, enardecidos por la embriaguez, Eros y Tánatos se entrelazan en un coito sublime y abominable.
Damos la espalda a la escena y tomamos nuevamente la senda que conduce al río más allá del arco, el puente y una ciudad risco arriba. Ascendemos por entre peñascos, pasamos una villa fantasmal y más alto, en penumbra total, a tientas damos con una puerta que cede al contacto. Lucas Van Leyden, pintor, enciende una vela que alumbra como un cirio, nos da la bienvenida y nos invita a pasar hasta la ventana para mostrarnos desde esta perspectiva su Destrucción de Sodoma y Gomorra, o como la conocerá el mundo entero: Lot y sus hijas.

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