La Senda

Cuento

Autor
Isaid Cornejo

Género
Terror psicológico · Fantasía oscura

Lectura
15–20 minutos

Un hombre despierta en un bosque del que no recuerda haber entrado. Sin nombre, sin pasado y sin otra opción que seguir caminando, descubrirá que algunos senderos no conducen a un lugar, sino a aquello de lo que nadie puede escapar.

Bosque nocturno con un sendero bajo la luna llena y una figura caminando entre árboles desnudos, ilustración del cuento La Senda.

Una noche, la luna llena corona el bosque; su luz mortecina baña los árboles deshojados y les confiere un aspecto sobrenatural. La claridad pálida se desliza sobre los troncos grises, resaltando sus grietas profundas y sus formas retorcidas. Las ramas desnudas se elevan como huesos abiertos hacia el cielo, inmóviles, rígidas. Parecen muertos, completamente secos, y sin embargo hay en ellos una presencia latente, una vida contenida que palpita en el silencio y me observa desde cada corteza resquebrajada.

Árboles y más árboles se superponen hasta impedir cualquier profundidad. No puedo ver qué hay más adentro del bosque; todo está cerrado, comprimido, como si el mundo terminara a pocos metros del camino. No existe horizonte, no existe salida visible. Lo único viable es el sendero que se extiende frente a mí.

El camino es de tierra oscura y compacta. No necesito observarlo con detenimiento para saber que ha sido recorrido múltiples veces. La superficie está endurecida, alisada por el paso constante, como si innumerables pasos lo hubieran marcado durante años. No sé quiénes caminaron antes por aquí, ni cuándo lo hicieron. Solo percibo que este sendero no es nuevo, que no me pertenece y que, aun así, ahora me contiene.

No recuerdo cómo llegué aquí. No recuerdo haber decidido entrar en este bosque. Solo recuerdo haber comenzado a caminar. Nada más.

Intento recordar mi nombre.

Nada.

Intento recordar hacia dónde me dirigía.

Nada.

Llevo la mano a mi muñeca buscando mi reloj. No está. Palpo la otra muñeca, los bolsillos, el pecho. No lo encuentro. No sé qué hora es. No sé cuánto tiempo llevo caminando. No sé siquiera si el tiempo existe en este lugar.

El viento cruza entre las ramas produciendo un murmullo constante, como si cientos de voces susurraran al unísono sin articular palabras comprensibles. A ratos me parece distinguir que susurran un nombre entre el ruido e intuyo que es el mío, pero no sé cuál es mi nombre, así que no puedo estar seguro.

El frío recorre cada centímetro de mi cuerpo y se instala en mis huesos. No es un frío que venga del exterior; parece nacer dentro de mí y expandirse lentamente, helando mis venas. Siento que mil ojos se ciñen sobre mi espalda, ocultos entre los troncos, detrás de cada sombra. Me detengo un instante y escucho.

Nada se mueve.

¿O acaso es solo mi imaginación?

Continúo caminando. El sendero se vuelve más rocoso y a cada paso más angosto, como si el bosque quisiera cerrarse sobre mí. Las ramas se inclinan hacia mi rostro, rozan mi piel con una violencia contenida. Tengo la sensación de que respiran, de que esperan el momento preciso para atraparme.

Percibo formas en las cortezas: rostros deformes y sombríos que emergen de la madera resquebrajada. Ojos hundidos. Bocas abiertas. Muecas silenciosas. Parpadeo con fuerza, pero las figuras permanecen.

El desconcierto es más profundo que el miedo. No sé de dónde vengo ni hacia dónde voy. Mi memoria es un vacío absoluto. No hay pasado, no hay referencia. Solo este sendero interminable que parece repetirse una y otra vez bajo la misma luz gris.

Mi sentido de orientación se ha deshecho por completo. Camino sin saber si avanzo o si regreso al mismo punto. El bosque no cambia. Cada árbol parece idéntico al anterior. Cada sombra es la misma sombra.

No queda más que seguir caminando.

Después de un tramo que no sé medir, el sendero comienza a elevarse hasta convertirse en una colina que rompe la monotonía del paisaje. La subida es lenta y constante; la tierra cede apenas bajo mis pasos y el esfuerzo en las piernas me obliga a inclinar el cuerpo hacia adelante. Mientras asciendo, la opresión del bosque parece aflojarse ligeramente, como si desde lo alto pudiera por fin divisar algo distinto al interminable corredor de troncos grises.

Es entonces cuando la veo: una luz en lontananza.

No es la luna. Es otra claridad, más cercana, más humana. Pequeña, pero firme. La esperanza me golpea con una intensidad casi dolorosa. Alguien está ahí. Alguien ha encontrado algo más que este camino sin fin. Tal vez exista una salida, tal vez el sendero conduzca a un lugar habitable, a una voz, a un rostro.

Apresuro el paso, sintiendo cómo el corazón se agita en mi pecho. La luz parece avanzar también, como si quien la portara continuara su marcha sin advertir mi presencia. Intento no perderla de vista, pero cuando redoblo el esfuerzo y estoy a punto de alcanzar la cima… la luz se extingue de pronto, como si jamás hubiera existido.

Llego arriba apenas unos segundos después. No hay nadie. Solo el sendero que desciende al otro lado y continúa, idéntico, silencioso, indiferente.

Permanezco allí, respirando con dificultad, tratando de entender si lo que vi fue real o una ilusión nacida del cansancio. Finalmente desciendo y sigo caminando, pero a medida que avanzo una inquietud más profunda comienza a instalarse en mí. Ciertos detalles me resultan extrañamente familiares: la inclinación de un tronco, una raíz que atraviesa el camino, la forma particular de una piedra sobresaliente. La sensación crece hasta volverse insoportable.

Estoy caminando en círculos.

La idea me invade con una desesperación fría. Si el sendero se repite, si todo es el mismo tramo una y otra vez, entonces no existe salida posible. Sin embargo, detenerme no cambiaría nada. No queda más que caminar.

El peso del trayecto comienza a hacerse más evidente; cada paso exige un esfuerzo mayor, como si el aire se volviera espeso y se adhiriera a mis pulmones. El sendero vuelve a inclinarse y, al reconocer la pendiente, una sensación amarga me oprime el estómago: la colina otra vez. Asciendo con lentitud, sintiendo el temblor en las piernas y el latido descompasado del corazón, que ya no responde a la esperanza sino a una expectación sombría.

Antes de alcanzar la cima, la luz aparece nuevamente. Permanece, firme, suspendida en la distancia como una promesa silenciosa. Continúo subiendo y al acercarme logro distinguir la figura que la porta: es una mujer que avanza con paso sereno, sosteniendo un quinqué cuya llama no vacila pese al viento, y en la otra mano un báculo de madera tan negra que parece absorber la claridad de la luna.

Es hermosa, pero su hermosura no pertenece del todo a este mundo. La piel, demasiado pálida; el cabello, inmóvil; la postura, perfecta, ajena al cansancio que me consume. Me acerco sin atreverme a llamarla. Ella no se detiene ni parece advertir mi presencia. Camina como si yo no existiera.

Entonces gira el rostro hacia mí.

Sus ojos no se posan en los míos: me atraviesan.

Una sonrisa se dibuja lentamente en sus labios. No es amplia, no es exagerada; es una curvatura mínima que revela unos dientes oscuros, corroídos, y de su boca emana un aliento fétido, inmundo, que me golpea con violencia. El olor penetra en mi garganta y me provoca náuseas. El pánico me paraliza; intento retroceder, pero mis pies no responden.

Ella se aproxima sin prisa y, antes de que pueda apartarme, sus labios tocan los míos.

El beso es frío, antinatural, y en él se mezcla el hedor de la putrefacción con una presión insistente que me roba el aliento. Siento que algo se desprende dentro de mí, como si la voluntad se diluyera. Incapaz de soportarlo, cierro los ojos con fuerza y dejo de sentir; me abandono a una oscuridad momentánea, a un vacío necesario para no enloquecer.

Cuando los abro, ya no está.

Solo el sendero desciende ante mí, idéntico, silencioso, interminable.

Llevo la mano al labio superior y descubro un hilo de sangre que corre lentamente hacia mi boca.

Desciendo en silencio, con la mente todavía atrapada en lo ocurrido. Camino preguntándome si lo que vi fue real o solo una proyección del cansancio, del miedo, o de algo que este bosque se empeña en provocar dentro de mí. Intento convencerme de que no había nadie, de que la mujer, la sonrisa, el beso, no fueron más que un engaño de mis sentidos, una respuesta desesperada a la soledad y al agotamiento.

Pero el sabor metálico de la sangre permanece.

Sigo avanzando. El sendero no ofrece variación alguna, y sin embargo empiezo a sentir que algo se ajusta a un patrón que no puedo ignorar. Mis pensamientos giran en círculos del mismo modo que mis pasos, y cuando levanto la vista y reconozco de nuevo la pendiente frente a mí, el miedo comienza a latir con fuerza en el pecho.

La colina.

Asciendo otra vez, ahora con una sensación distinta: no de esperanza, sino de una expectativa oscura que me oprime la garganta. Cada paso se vuelve más pesado, más consciente. Y justo cuando estoy a punto de alcanzar la cima, una luz se enciende a mi lado.

No delante de mí.

A mi lado.

El resplandor es el mismo del quinqué, cercano, tangible. No necesito girar la cabeza para saber quién camina conmigo. Siento su presencia avanzar al mismo ritmo que el mío, como si siempre hubiera estado allí.

Ella comienza a caminar a mi costado, en silencio.

El sendero continúa descendiendo frente a nosotros.

Camino a su lado sin atreverme a mirarla directamente. El sendero desciende con suavidad y el bosque parece inclinarse sobre nosotros. Alzo la vista hacia las copas de los árboles: desde esa perspectiva se asemejan a manos extendidas, agrietadas, suplicantes, inmóviles en un gesto que nunca se completa. La luna se cubre por una nube y la penumbra se vuelve más espesa, como si el aire mismo se cerrara a nuestro alrededor.

Mi cuerpo está exhausto, pero no es el cansancio lo que me domina, sino una presión creciente en el pecho, un presentimiento que se intensifica con cada paso. La linterna a mi lado incrementa su brillo sin consumir la llama; las sombras se alargan, se deforman, se superponen unas sobre otras.

De pronto siento que algo no encaja. No escucho mis propios pasos. Tampoco los suyos. El silencio se vuelve absoluto, pesado, antinatural. Mi corazón comienza a latir con una violencia desordenada, cada golpe más fuerte que el anterior, como si intentara huir de mi cuerpo.

Me detengo en seco. Cierro los ojos un instante, buscando contener el pánico, buscando nada.

Cuando los abro, el resplandor me hiere la vista. Ella se ha detenido.

Gira lentamente hacia mí.

Me mira.

Y esta vez sus ojos sí me encuentran.

Hay en ellos una comprensión absoluta, una certeza que no admite réplica.

—¿Comprendes? —susurra, y su voz no parece salir de su garganta, sino del aire mismo.

Intento responder, pero apenas logro negar con la cabeza.

Entonces comienza a cambiar.

No es un movimiento brusco, sino una lenta revelación. La piel de su rostro se agrieta como corteza reseca; finas líneas se abren sobre sus mejillas y se extienden hacia el cuello. La carne se desgarra con un sonido húmedo, casi imperceptible, y bajo ella asoma una blancura imposible. Sus ojos se llenan de sangre que desborda lentamente hasta vaciarse por completo, dejando cuencas oscuras que, aun así, continúan viéndome.

Sus labios se parten, se abren en grietas profundas; fragmentos de piel caen al suelo como pétalos marchitos y dejan expuestos unos dientes desnudos en una mueca que ya no es sonrisa, sino sentencia.

Retrocedo, pero su mano me sujeta por el cuello con una fuerza que no corresponde a su figura. Sus dedos se hunden en mi piel y me obligan a mirarla mientras el resto de su cuerpo pierde forma humana. La carne se desprende en tiras, revelando huesos brillantes, articulaciones desnudas, restos adheridos que oscilan con cada movimiento.

—Recuerda este beso —murmura—. Recuérdalo.

Sus dientes chocan contra mis labios. No es un beso ahora; es una marca. Siento la presión de los huesos, la aspereza de la osamenta contra mi piel. Una lengua fría, imposible, recorre la herida abierta y el sabor metálico inunda mi boca.

El mundo comienza a comprimirse. El bosque se inclina. El sonido se distorsiona hasta convertirse en un zumbido lejano. El latido en mi pecho pierde ritmo, tropieza, se detiene por un segundo eterno y luego golpea con un dolor insoportable que me atraviesa el brazo y la espalda.

Caigo de espaldas.

Desde el suelo la veo en todo su esplendor: un esqueleto erguido, restos de carne aún adheridos a los huesos, la risa muda resonando en el vacío. A sus pies, un charco oscuro se extiende lentamente sobre la tierra compacta.

El bosque desaparece.

Abro los ojos.

Una luz blanca me hiere la vista.

El aire huele a desinfectante.

Escucho un sonido rítmico, mecánico, marcando el tiempo que ya no supe medir.

No comprendo dónde estoy todavía.

Parpadeo varias veces hasta que las formas adquieren sentido. Las paredes son blancas. Demasiado blancas. Sobre mí se inclina una lámpara circular y a mi alrededor hay aparatos conectados a mi cuerpo por cables y tubos transparentes. El sonido rítmico que escucho no proviene del bosque, sino de una máquina que marca, con precisión impersonal, cada uno de mis latidos.

La memoria regresa de golpe.

El dolor en el pecho. La opresión súbita. La caída.

Recuerdo la voz del médico hablándome días antes sobre mi corazón debilitado, sobre el reposo absoluto, sobre el riesgo. Recuerdo las semanas en cama, la habitación cerrada, el tiempo suspendido entre medicamentos y silencios.

Un infarto.

Eso fue.

El bosque, la colina, la mujer… solo un sueño provocado por el cuerpo al borde del abismo.

Una exhalación lenta escapa de mis labios. Una tranquilidad frágil se instala en mí. Estoy en el hospital. Estoy vivo. El sendero no existe. La linterna no existe. El beso no fue más que una alucinación nacida del miedo.

El monitor continúa marcando el ritmo.

Respiro.

Entonces llaman a la puerta.

El sonido es suave al principio, casi respetuoso. Vuelven a llamar, esta vez con mayor firmeza.

—Pasen —consigo decir, con la voz aún débil.

La puerta se abre lentamente.

Algo cambia dentro de mí antes de que ocurra cualquier otra cosa. El aire se vuelve pesado, difícil de respirar. Un sudor frío me recorre la espalda y el monitor, a mi lado, acelera su ritmo con una cadencia irregular que reconozco demasiado bien. El corazón vuelve a latir con violencia, no por el cuerpo, sino por el miedo.

No necesito ver nada para comprenderlo. La certeza se instala de golpe, absoluta, arrasándolo todo. El recuerdo del bosque, del sendero, de la linterna y del beso regresa con una claridad insoportable. No fue un sueño provocado por el dolor ni una alucinación nacida del cansancio; fue un encuentro, una señal marcada en el límite entre la vida y algo más.

Entonces lo entiendo. El terror no proviene de la habitación ni de la puerta abierta, sino de la certeza que se impone sobre mí con una calma devastadora: aquel beso no fue una amenaza ni una advertencia, fue un sello. El beso de la muerte.

Ahora me doy cuenta de que es ella… y viene por mí.


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