Crónica
La noche de Aranjuez
Autor
Isaid Cornejo
Género
Crónica personal · Memoria · Música
Lectura
20–25 minutos
Una noche de marzo, un hombre cruza la ciudad para escuchar el Concierto de Aranjuez en la Sala Nezahualcóyotl. Lo que comienza como el deseo de asistir a un concierto termina convirtiéndose en un recorrido por la memoria, el duelo y la manera en que algunas personas continúan acompañándonos mucho después de haber dejado vacío el asiento de al lado.

I. El segundo movimiento
Hay noches que permanecen en la memoria con una claridad que desafía al tiempo. No porque haya ocurrido algo extraordinario ante los ojos de los demás, sino porque, en silencio, uno comprende que ha llegado hasta un lugar del que ya no regresará siendo el mismo.
El guitarrista apareció entre los aplausos y ocupó su lugar frente a la orquesta. A su alrededor, decenas de músicos esperaban inmóviles mientras la directora levantaba los brazos. Desde mi asiento podía verlos casi de frente. Distinguía el brillo de los metales bajo la luz, el movimiento discreto de los violinistas acomodando el arco entre los dedos y el ir y venir de las miradas que buscaban una última confirmación antes del primer compás.
A mi derecha había un asiento vacío. Lo había estado desde que tomé mi lugar y, aunque cualquiera habría pensado que pertenecía a un espectador rezagado, yo sabía que permanecería así durante toda la noche.
Cuando el silencio terminó de instalarse sobre la Sala Nezahualcóyotl, la guitarra dejó caer las primeras notas del segundo movimiento del Concierto de Aranjuez. Las conocía de memoria.
No era la primera vez que las escuchaba. Durante años habían sido una de esas piezas que uno guarda con afecto, una melodía capaz de aparecer de vez en cuando para acompañar una tarde cualquiera o el trayecto de regreso a casa. Pero aquella noche ya no era solamente música. Entre esas notas vivían personas, lugares y momentos que el tiempo había transformado en ausencia.
Conforme el Adagio avanzaba, el resto de la sala comenzó a desdibujarse. Dejé de escuchar la respiración del público, dejé de seguir con la mirada los movimientos casi imperceptibles de la directora y olvidé por un instante dónde estaba. Sólo permanecían la guitarra, el asiento vacío a mi derecha y una certeza que llevaba demasiado tiempo evitando. Comprendí entonces que hay músicas que no sólo se escuchan; existen momentos en los que parecen escucharnos a nosotros, como si fueran capaces de recorrer los lugares donde la memoria guarda aquello que nunca terminamos de decir.
Sentí que el pecho se cerraba mientras las primeras lágrimas descendían sin hacer ruido. No era la tristeza inmediata de quien recibe una mala noticia, sino una emoción mucho más serena y profunda. Era el reconocimiento de un camino recorrido, la conciencia de que algunas heridas jamás desaparecen por completo, aunque con el tiempo dejen de doler para convertirse en parte de quienes somos.
Cuando el segundo movimiento alcanzó su momento culminante comprendí, con una claridad que hasta entonces me había sido imposible alcanzar, que no había cruzado la ciudad únicamente para escuchar un concierto. Había llegado hasta aquella sala para despedirme de una etapa de mi vida, aunque todavía no supiera exactamente de qué forma ocurriría esa despedida.
II. Dos boletos
Mucho antes de aquella noche, el Concierto de Aranjuez era simplemente una de esas obras que siempre regresaban a mi vida. La conocí gracias a mi padre, que tenía un gusto por la guitarra clásica y acostumbraba a poner algunas piezas que terminaron formando parte de mis recuerdos. Entre todas ellas, el segundo movimiento del concierto de Joaquín Rodrigo siempre ocupó un lugar especial. Durante años lo escuché sin preguntarme demasiado por qué me conmovía; bastaba con dejar que sonara.
Con el tiempo esa música comenzó a cambiar. La muerte de mi madre, el largo proceso que siguió después y otra pérdida que terminó por marcar aquellos meses fueron depositando un significado distinto sobre una obra que hasta entonces sólo había admirado por su belleza. Sin proponérmelo, el Adagio terminó acompañando muchas noches de duelo y de escritura. Fue una de las piezas que más escuché mientras intentaba comprender todo aquello que había ocurrido y mientras daba forma a un libro que nació precisamente de esa necesidad de encontrar sentido en medio de la ausencia.
A finales de 2025 descubrí que la Orquesta Filarmónica de la UNAM incluiría el Concierto de Aranjuez en su primera temporada del año siguiente, como parte de la celebración por su nonagésimo aniversario. La noticia despertó una idea que hasta ese momento nunca había considerado seriamente: escucharlo en vivo.
Busqué la fecha, revisé el programa y encontré que los boletos saldrían a la venta en enero. Durante varias semanas regresé una y otra vez a la página, más por ilusión que por otra cosa. No era un concierto cualquiera. Sentía la necesidad de estar ahí, aunque todavía no supiera exactamente por qué.
Cuando finalmente llegó el día de la venta me encontraba en la oficina. No suelo ir todos los días, pero aquella mañana coincidió con una de esas ocasiones. Me puse a revisar la disponibilidad de los lugares, el precio de los boletos y después de darle muchas vueltas decidí que valía la pena el gasto. Pero había un pequeño problema: no tengo tarjeta de crédito.
Recuerdo que empecé a pensar quién podía hacerme el favor de prestarme la suya para realizar la compra. Mientras hablaba con un amigo, un primo, con el cual trabajo, apareció por ahí. Le expliqué rápidamente lo que quería hacer y, sin pensarlo demasiado, terminó prestándome su tarjeta. Abrí la página, seleccioné los lugares y confirmé la compra.
Compré dos boletos. Fue después, cuando recibí la confirmación de la compra, que apareció la pregunta inevitable. ¿Quién ocuparía el segundo asiento?
Durante unos días pensé en una persona con la cual me hubiera gustado compartir ese momento. Era la respuesta más natural y también la más imposible. La vida ya había seguido otro camino para ambos y, aunque la idea apareció con insistencia, nunca llegó a convertirse en una invitación.
Entonces comenzaron a surgir otros nombres. Pensé en mis hijas, pero sólo una podría acompañarme y no quería elegir entre ellas. Pensé en algunos amigos. Hablé con varios. Uno aceptó en un principio y canceló apenas un par de días antes del concierto. Después invité a otras personas: familiares, amigos de muchos años, compañeros con quienes sabía que podía compartir una experiencia así. Ninguno pudo asistir.
Cada respuesta negativa dejaba intacto aquel segundo boleto.
Llegó un momento en que incluso consideré regalarlo a cualquier persona que quisiera aprovecharlo. Pensé que sería mejor verlo ocupado a que permaneciera vacío durante todo el concierto. Sin embargo, conforme se acercaba la fecha, la idea comenzó a perder fuerza.
III. El camino hacia Aranjuez
El sábado llegó sin hacer demasiado ruido. Durante toda la semana había pensado en el concierto de distintas maneras, pero esa mañana procuré no darle demasiadas vueltas. Sabía que, si comenzaba a anticipar lo que iba a sentir, terminaría construyendo una noche imposible de cumplir. Preferí dejar que las horas transcurrieran con normalidad.
Conforme cayó la tarde empecé a prepararme. Revisé por última vez la ruta para llegar a la Sala Nezahualcóyotl, confirmé el horario y guardé los boletos. Nunca había estado ahí. Conocía Ciudad Universitaria, como la conoce casi cualquier habitante de la ciudad, pero jamás había recorrido el Centro Cultural Universitario de noche ni había entrado a la sala donde tocaba la OFUNAM desde hacía casi cincuenta años.
Poco antes de las seis salí de casa.
Había decidido que el segundo asiento permanecería vacío. No porque esperara que alguien apareciera a última hora para ocuparlo, sino porque había dejado de pertenecer a cualquier otra persona. Aquella ausencia ya tenía un significado propio y no sentía la necesidad de llenarla con alguien más.
Tomé un microbús rumbo a El Vergel y, desde ahí, otro que iba hacia Toreo para bajar sobre la avenida Insurgentes. El trayecto era el de cualquier sábado por la tarde en la Ciudad de México: pasajeros que subían y bajaban con prisa, conversaciones dispersas, vendedores improvisados y el tránsito avanzando con esa lentitud resignada que parece formar parte del paisaje cotidiano. Yo miraba por la ventana sin prestar demasiada atención a lo que ocurría afuera. Pensaba más en el destino que en el camino.
Al llegar a Insurgentes abordé el Metrobús con dirección a Ciudad Universitaria. Conforme nos acercábamos, la ciudad comenzaba a transformarse. Los edificios daban paso a espacios más abiertos y el ritmo parecía hacerse un poco más lento. Descendí en la estación correspondiente y crucé el puente peatonal que conduce hacia el Centro Cultural Universitario.
Fue entonces cuando la noche terminó de envolverme.
Sobre la ciudad se alzaba una luna llena extraordinariamente clara. El cielo estaba despejado y apenas unas cuantas nubes cruzaban lentamente frente a ella, iluminadas por una luz plateada que parecía suavizar incluso el concreto de los edificios. Me detuve unos segundos sobre el puente sin proponérmelo. Desde ahí podía verse una parte de la ciudad extendiéndose a la distancia mientras, delante de mí, comenzaba un paisaje completamente distinto.
Entrar a Ciudad Universitaria de noche fue una experiencia que no esperaba.
Si nunca has recorrido esa zona cuando cae el sol, es difícil explicar la sensación. A pesar de encontrarse en medio de una de las ciudades más grandes del mundo, hay un momento en que el ruido comienza a quedarse atrás. Los árboles ocupan el lugar del tráfico, el aire parece más húmedo y las farolas dibujan senderos de luz entre la vegetación. No desaparece la ciudad; simplemente deja de imponerse.
Mientras avanzaba por el camino hacia la Sala Nezahualcóyotl entendí por qué tantas personas hablaban de ese lugar con un cariño especial. El Centro Cultural Universitario no sólo reúne museos, teatros y salas de concierto. Tiene la capacidad de hacer que uno olvide, aunque sea por unas horas, el ritmo acelerado que espera del otro lado de sus avenidas.
La propia Sala Nezahualcóyotl parecía formar parte de esa idea. Inaugurada en 1976 como sede permanente de la Orquesta Filarmónica de la UNAM, fue concebida para que la música estuviera en el centro y el público la rodeara casi por completo. Tiempo después descubriría que su diseño era considerado uno de los mejores de América Latina por la calidad de su acústica. Aquella noche, sin embargo, yo no sabía nada de eso. Sólo veía un edificio al que había llegado persiguiendo una melodía que me había acompañado durante buena parte de mi vida.
Había llegado con tiempo suficiente antes de que comenzara el concierto. Como me ocurría con frecuencia cuando pasaba muchas horas fuera de casa, no había comido. Compré unas papas con salsa en uno de los puestos cercanos y me senté a esperar mientras observaba el movimiento de la gente.
Había familias completas, parejas tomadas de la mano, grupos de amigos que conversaban animadamente antes de entrar a la sala. Algunos hojeaban el programa de mano; otros buscaban el mejor lugar para tomarse una fotografía. El ambiente tenía algo festivo, pero también una serenidad poco común. Nadie parecía tener prisa.
Yo los observaba en silencio mientras terminaba de comer.
No sentía envidia ni lástima por mí mismo. Habría sido agradable compartir aquella noche con alguien y comentarla al salir, pero esa idea ya no pesaba como semanas atrás. Estaba solo, sí, pero poco a poco comenzaba a descubrir que la soledad también podía ser una forma de estar plenamente presente en un lugar.
IV. La espera
Cuando faltaban unos quince minutos para el inicio del concierto, tiré la bolsa que había contenido mis papas con salsa en un bote de basura y me dirigí hacia el acceso correspondiente. Mis boletos eran para la sección lateral izquierda de la orquesta, una ubicación que había elegido sin conocer realmente la sala ni imaginar la perspectiva que tendría desde ahí.
Había bastante gente en el acceso de la sala. Algunas personas buscaban sus boletos en el teléfono, otras conversaban mientras esperaban y unas cuantas observaban con curiosidad el movimiento de quienes llegaban. Como era la primera vez que asistía a la Sala Nezahualcóyotl, pregunté a una de las acomodadoras cuál era el acceso que debía tomar. Me explicó con amabilidad el recorrido y, al notar que todavía quedaban algunos minutos antes de la tercera llamada, decidí subir al primer piso.
Las papas con salsa habían cumplido su cometido, pero ahora tenía sed.
En ese nivel se encontraba la cafetería. El lugar estaba lleno. Algunas personas bebían café mientras hojeaban el programa del concierto; otras conversaban alrededor de las mesas con la tranquilidad de quien sabe que la música todavía puede esperar unos minutos más. Me formé en la fila y aproveché el tiempo para observar el ambiente. Siempre me ha gustado mirar a la gente en esos momentos cotidianos donde nadie sabe que está siendo observado. Hay conversaciones que sólo existen mientras alguien espera un café, una bebida o el inicio de una función.
Cuando llegó mi turno compré algo de beber. Lo terminé casi de inmediato y regresé hacia el acceso.
Al cruzar la puerta entendí por qué tantas personas hablaban de aquella sala con admiración.
Lo primero que me sorprendió fue su disposición. No era un teatro tradicional donde toda la atención se concentra en un escenario lejano. La orquesta ocupaba el centro del espacio y el público la rodeaba desde distintos niveles, como si todos fuéramos parte de un mismo círculo construido alrededor de la música. Más tarde supe que esa distribución había sido pensada precisamente para acercar a los espectadores a los intérpretes y aprovechar al máximo la acústica del recinto. Aquella noche sólo tuve la impresión de estar entrando a un lugar distinto a cualquier otro que hubiera conocido.
Busqué mi fila y encontré los asientos con facilidad. Eran el tercero y el cuarto de la sección. Me senté en el tercero.
A esa hora todavía había varios lugares vacíos alrededor. Algunas personas seguían entrando mientras otras acomodaban sus pertenencias o saludaban discretamente a conocidos que descubrían entre el público. El asiento contiguo permanecía libre. Lo observé apenas un instante y después dirigí nuevamente la mirada hacia la orquesta.
Los músicos ya ocupaban buena parte de sus lugares. Unos afinaban con paciencia; otros repasaban breves fragmentos de sus partituras antes de guardarlas nuevamente en silencio. Había quienes simplemente esperaban inmóviles, sosteniendo el instrumento sobre las piernas como si conservaran la energía para el momento preciso en que sería necesaria.
Me sorprendió descubrir que preparar una orquesta también tiene algo de ceremonia.
No existe el silencio absoluto. En su lugar aparece una suma de sonidos dispersos que, escuchados por separado, parecen no tener relación entre sí: un violín buscando la afinación exacta, un corno probando apenas un par de notas, el golpeteo suave de una llave sobre un atril, el murmullo lejano del público. Sin embargo, poco a poco todo comienza a ordenarse hasta que la expectativa termina imponiéndose sobre el ruido.
Yo observaba a los músicos intentando adivinar la personalidad de cada instrumento. Me preguntaba cómo era posible que un conjunto tan numeroso terminara hablando con una sola voz y dirigía constantemente la mirada hacia el podio vacío donde, en unos minutos, aparecería la directora.
La tercera llamada llegó casi sin que me diera cuenta.
Las luces descendieron apenas lo suficiente para concentrar la atención sobre el escenario y el murmullo comenzó a extinguirse. Entre los aplausos apareció Ligia Amadio, directora invitada de aquella noche. Saludó primero al público, después a la orquesta y ocupó su lugar frente a los músicos. Bastó un movimiento de sus manos para que comenzara la primera obra del programa.
Era Elena y los recuerdos del porvenir, de la compositora mexicana Erika Vega. Yo no la conocía y la escuché con la curiosidad de quien se encuentra por primera vez frente a una música sin referencias. Durante varios minutos olvidé incluso el motivo principal que me había llevado hasta aquella sala y me limité a dejar que la orquesta llenara el espacio.
Cuando la obra concluyó, el público respondió con una prolongada ovación. Ligia Amadio agradeció los aplausos y abandonó el escenario acompañada por parte de los músicos, mientras otros permanecían en sus lugares. No sabría decir cuánto tiempo duró aquella pausa. Sólo recuerdo haber observado cómo el escenario cambiaba lentamente de fisonomía mientras algunos atriles quedaban vacíos y otros comenzaban a ocuparse de nuevo.
Poco a poco regresaron los músicos que habían salido. Algunos retomaron su lugar con absoluta naturalidad, como si el movimiento hubiera formado parte de la propia partitura. Entonces apareció nuevamente la directora, recibida otra vez por los aplausos del público. Antes de levantar la batuta presentó al guitarrista invitado de la noche, Pablo Garibay, quien entró entre una ovación aún más cálida y tomó asiento frente a la orquesta.
Yo ya no necesitaba mirar el programa. Sabía perfectamente lo que estaba por comenzar.
Los primeros compases del Concierto de Aranjuez llenaron la Sala Nezahualcóyotl. El primer movimiento transcurrió con esa mezcla de energía y elegancia que caracteriza la obra de Joaquín Rodrigo. Alternaba la mirada entre el guitarrista, la directora y los músicos, intentando comprender cómo un gesto casi imperceptible de las manos de directora bastaba para coordinar a decenas de personas y convertir tantos instrumentos distintos en una sola voz.
V. La noche de Aranjuez
Los primeros acordes del Adagio comenzaron a extenderse por la sala con una serenidad difícil de explicar. No irrumpieron en el silencio; parecían surgir de él. La guitarra dejaba caer cada nota con una delicadeza que obligaba a escucharla sin prisas, mientras la orquesta respondía poco a poco, construyendo un diálogo que yo conocía desde hacía muchos años y que, sin embargo, nunca había sentido de aquella manera.
Durante un instante intenté concentrarme únicamente en la interpretación. Observé las manos de Pablo Garibay recorrer las cuerdas con una naturalidad que hacía parecer sencillo aquello que, sin duda, no lo era. Levanté la vista hacia Ligia Amadio y seguí el movimiento contenido de sus brazos, la precisión con la que marcaba las entradas de cada sección y la forma en que la orquesta respondía casi como si compartiera una misma respiración.
Pero la música terminó imponiéndose sobre todo lo demás. Las notas comenzaron a recorrer lugares de mi memoria que creía en calma. Volví a escuchar aquella pieza en casa de mi padre muchos años atrás, cuando todavía era simplemente una obra que admiraba por su belleza. Después aparecieron otros recuerdos, más recientes y mucho más difíciles de mirar. Comprendí, mientras la guitarra seguía avanzando, cuánto había cambiado el significado de esa música desde entonces.
Durante meses había buscado una persona con quien compartir aquella noche, como si la experiencia sólo pudiera tener sentido acompañada. Había pensado en distintas posibilidades, había hecho llamadas, enviado mensajes y recibido negativas. Sólo en ese momento entendí que el error había sido creer que ese asiento necesitaba dejar de estar vacío.
No estaba vacío. Estaba lleno de memoria.
Cuando el Adagio alcanzó su momento más intenso sentí que algo terminaba por quebrarse dentro de mí. Las lágrimas comenzaron a correr sin que intentara ocultarlas. No había sollozos ni desesperación. Nadie a mi alrededor pareció notarlo. Eran lágrimas silenciosas, de esas que aparecen cuando las palabras dejan de ser suficientes y sólo queda aceptar aquello que durante mucho tiempo uno se empeñó en resistir. No lloraba únicamente por quienes ya no estaban. Lloraba también por la persona que había sido antes de aprender a vivir con esas ausencias.
Mientras la guitarra sostenía las últimas frases del movimiento, tuve la extraña sensación de que el tiempo había dejado de avanzar. La sala desapareció por completo. Dejé de percibir a los cientos de personas sentadas alrededor de la orquesta, olvidé la arquitectura del recinto, el camino que había recorrido para llegar hasta allí y hasta el propio concierto. Sólo existía aquella música, que por unos minutos dejó de pertenecer a Joaquín Rodrigo para convertirse en el idioma con el que mi memoria decidió hablarme.
El último acorde se fue apagando lentamente hasta desaparecer por completo. Durante unos segundos nadie se movió. La sala permaneció suspendida en un silencio que no parecía el de una obra terminada, sino el de cientos de personas intentando conservar, aunque fuera por un instante más, aquello que acababan de escuchar. Sólo cuando esa quietud terminó de cumplirse comenzaron los aplausos. Al principio fueron discretos, casi tímidos, pero crecieron rápidamente hasta convertirse en una ovación que hizo ponerse de pie a buena parte del público. Pablo Garibay agradeció una y otra vez con una inclinación de la cabeza, mientras Ligia Amadio saludaba primero a la orquesta, después al guitarrista y finalmente a la sala, consciente de que los aplausos no parecían tener intención de terminar.
La ovación se prolongó durante varios minutos, hasta que Pablo Garibay regresó al escenario para ofrecer una pieza fuera de programa. Antes de comenzar anunció su nombre, pero la emoción que todavía me envolvía había dejado mi atención en otra parte y nunca conseguí recordarlo. Lo lamenté desde el momento en que terminó de interpretarla. Era una obra hermosa, delicada, y todavía hoy conservo la sensación que me produjo, aunque su título haya terminado perdiéndose en la memoria.
Después vino la segunda parte del concierto con la interpretación de la Quinta Sinfonía de Beethoven. La escuché con atención y la disfruté profundamente, pero sería injusto decir que aquella noche había asistido para escuchar un programa completo. Desde el momento en que compré los boletos sabía que mi destino estaba en el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez. Todo lo demás, por extraordinario que fuera, giraba alrededor de ese instante.
VI. El regreso
Después de la última ovación, la sala comenzó a recuperar poco a poco su movimiento habitual. Las personas se levantaban de sus lugares, buscaban sus abrigos y comentaban fragmentos del concierto mientras avanzaban hacia las salidas. La música había terminado, pero permanecía esa sensación extraña que sólo dejan ciertas experiencias, como si el tiempo necesitara unos minutos para volver a ponerse en marcha.
Yo permanecí sentado un momento más. No tenía prisa por salir. Miré una vez más el asiento que había permanecido vacío durante toda la noche. Horas antes había llegado preguntándome cómo sería asistir solo a aquel concierto; ahora esa pregunta había perdido importancia. Durante toda la función había convivido con una ausencia que, de alguna manera, nunca llegó a sentirse como un vacío.
Al salir de la Sala Nezahualcóyotl encontré la misma noche que me había recibido unas horas antes. El aire húmedo seguía suspendido entre los árboles, las farolas dibujaban senderos de luz sobre los caminos del Centro Cultural Universitario y, a unos cuantos metros, la ciudad aguardaba con el mismo ruido y el mismo movimiento de siempre. Aun así, aquel rincón parecía pertenecer a otro tiempo, como si durante unas horas hubiera permanecido al margen del ritmo acelerado que domina la ciudad.
Comencé a caminar sin prisa. Había pasado años escuchando el Concierto de Aranjuez sin imaginar que algún día terminaría asociándolo a una noche como aquella. Crucé la ciudad con la intención de asistir a un concierto y regresaba con la sensación de haber encontrado algo mucho más difícil de nombrar.
La Sala Nezahualcóyotl dejó de ser para mí un recinto dedicado a la música. Desde entonces se convirtió en el lugar donde una melodía que había acompañado mi duelo encontró un sitio para descansar. Tal vez por eso, mientras emprendía el camino de regreso, pensé que algún día quería volver. No necesariamente para escuchar de nuevo la misma obra. Quizá para descubrir otra música o para compartir ese lugar con mis hijos y mostrarles un espacio que, en medio de una ciudad inmensa y apresurada, todavía es capaz de invitar al silencio.
Regresé a casa por el mismo camino por el que había llegado. Las calles seguían llenas, los automóviles continuaban avanzando y la vida continuaba con absoluta normalidad. Para la mayoría de las personas aquella noche había sido simplemente otro concierto dentro de la temporada de la OFUNAM. Para mí había sido el cierre de un capítulo que llevaba demasiado tiempo escribiéndose sin que yo lo advirtiera.
Con los días comprendí que nunca había comprado un segundo boleto con la esperanza de convencer a alguien de acompañarme. Lo había comprado porque todavía no estaba preparado para aceptar que ciertas ausencias también ocupan un lugar. Hay personas que dejan de caminar a nuestro lado, pero permanecen en una melodía, en una fotografía, en una calle o en el recuerdo de una noche cualquiera, esperando el momento en que volvamos a encontrarlas.
Desde entonces, cada vez que escucho el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez, regreso por un instante a la primera fila de aquella sección lateral de la Sala Nezahualcóyotl. Vuelvo a escuchar cómo la guitarra dialoga con la orquesta, vuelvo a sentir el silencio que precedió a los aplausos y vuelvo a mirar el asiento que permaneció vacío durante toda la función.

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