Cuento

Caníbal


Autor
Verónica Miranda

Género
Ficción histórica · Horror filosófico

Lectura
5–10 minutos

Un científico llegado al México del siglo XIX narra su caída y defiende sus experimentos como un acto de conocimiento. Entre la ciencia, la obsesión por vencer la muerte y los límites de la moral humana, una confesión revela hasta dónde puede llegar la búsqueda de la vida eterna.


…Ahora, haré referencia al día en que llegué a la gloriosa Ciudad de México. Fue al final del año de 1879, venía huyendo de la pobreza de París, de los años de postguerra después del triunfo del imperio alemán. No haré referencia a los medios de los que me valí para abandonar mi patria, puedo decir que mi apetito y mi sed de gloria, de triunfo, me salvaron la vida.

Abandoné el liceo a temprana edad, pero eso no me alejó de las ciencias, las cuales aprendí por mis propios medios y experiencia; esa ciencia a la que otros, ignorantemente, llaman “charlatenería”. Aprendí el español desde pequeño, por tanto no me fue difícil comunicarme desde el principio; además puedo decir con sumo orgullo que hasta llegué a participar en la redacción de columna del periódico más importante de la época. En México el periodismo no es una profesión, pero sí se tiene que pertenecer a la más sacra élite de escritores, trovadores, siempre aferrados a alguna idea, e incluso dispuestos a —con su pluma y tinta— disparar contra personajes de la vida política y social mexicana. Mis letras dieron cabida a una columna de ciencia e investigación.

Ejercí entonces otra de mis pasiones, la cura alquímica del dolor, en específico el de muelas, y me convertí en el médico que toda una nación raquítica y enferma necesitaba. Las consultas las llevaba a cabo en La Plaza del Seminario, a un costado de la catedral. Era mucha la gente que acudía y poco a poco me convertí en el consentido de todos aquellos. ¿Cuántas muelas pude sacar en un año? Usted mismo puede hacer la cuenta a una de trescientas muelas por día; pero eso no era todo, curaba lo mismo la sordera que la constipación, y con una de mis infusiones podía curar también la esterilidad de las féminas, e incluso la histeria que volvía locos a más de un matrimonio decente, así como a una que otra “señorita” de abolengo. Por las mañanas atendía de forma gratuita, lo hacía por el placer de “practicar”, y a la vez de ofrecer una especie de paga al gobierno del Distrito Federal. Por las tardes, después de las dos, mi práctica se convertía en profesión remunerada. Ante mí tuve las bocas de toda la ciudad, sus muelas eran mías, sus dolores, sus secretos más allá de la ropa íntima. Con lo que había ahorrado el primer año, envié a un ayudante a traer un par de vibradores que me hacían falta para curar la histeria. Por las noches, poco antes de las siete, me dirigía acompañado de mi servidumbre a tomar el último barco de vapor que hacía escala en el canal de Santa Anita y de ahí partíamos a nuestra casa ubicada en las inmediaciones de San Ángel, al sur de la ciudad. Puedo decir que merecía un monumento, en lugar de este calabozo, pero el gobierno laico y masón no estaba apto para mi ciencia y, empero que sus males fueron combatidos por mi “alquimia”, no fueron capaces de discernir que mi propuesta médica era —es— revolucionaria. Fui testigo de muchas historias más infames que las mías. Me llamaron de muchas formas, y mi nombre pasará a la historia de este país como un adjetivo peyorativo, lo sé, porque entre mis otros dones, también puedo decir que soy prestidigitador y adivino.

Aquí comienza la historia de mi caída y del porqué las horas de vida están contadas, a pesar de que la pena capital no existe en este país, y usted Reverendo Vidal, reciba mi verdad sobre lo que aconteció en aquel año de 1888. Tome nota por favor.

Yo, Roman P. Mazur, de origen franco suizo, a la edad de 32 años y en pleno uso de mis facultades mentales, me declaro inocente del dolo que se me imputa, más no del uso científico que de mis experimentos dieron objeto a tal infamia. La tradición alquímica se basa en experimentos básicos, y los nuevos descubrimientos nos han permitido extender la esperanza de vida más allá de la que el Dios que ustedes nombran les permite hacerlo. Entendí que los nuevos inventos traídos a estas tierras eran necesarios, así también mi hipótesis de prolongar los años o, en su defecto, de resucitar a los muertos. Mi técnica ha provocado el repudio de la comunidad científica y el enojo de ustedes, los servidores del señor, pero le puedo asegurar que muchas personas de la alta sociedad mexicana me deben su permanencia en el poder o el ascenso. Y es que, viniendo de la guerra, le puedo asegurar que no hay miseria alguna que me pueda parecer nefasta, ninguna mi señor, ni siquiera el acto de engullir carne humana para prolongar la vida, pero sobre todo para alcanzar la vida eterna. Todos ellos comieron de sí mismos, no he cometido crimen alguno, ¿mi acto impuro es el alimento de nuestro mismo cuerpo?, si el mismo Cristo proclamó ante el repudio de sus apóstoles, “Yo soy el pan vivo que bajó del cielo. Si alguien come de este pan, vivirá para siempre. De hecho, el pan que yo voy a entregar para que el mundo viva es mi carne”. Pues bien, yo no soy Cristo y no ofrezco mi carne, pero descubrí a través de la ciencia que todo aquello que nos duele, que nos lastima, una vez extirpado de nuestro cuerpo, que puede ser convertido en una infusión que es capaz de curar cualquier enfermedad, y con ello, extender la vida en la más absoluta certeza de saber que ningún mal podrá aquejar a ningún ser humano. He de confesar que para llegar a este país, usé del poder de mis manos y mi mandíbula furiosa, fue así que descubrí el secreto que ahora le revelo. Transformé la carne de mis pacientes, cuando extraje una muela, me llevaba la carne de las encías; cuando hurgué en los pliegues vaginales de una dama, me llevé el útero, y no más de un refinado político me pidió que le castrara, para que con sus testículos pudiera crear la poción que lo hará eterno. Dentro de muy poco, usted podrá ser testigo de cambios importantes en esta nación, verá subir a los barcos a gente que no regresará y que construirá nueva vida en la Europa que me vio nacer, así son ellos, los ricos, los poderosos, los que a usted y a mí nos ponen en el lugar que quieren. Lo que yo hago no es un delito, insisto, he encontrado la piedra filosofal de la juventud, la gloria y la vida eterna, ¡Era tan claro el mensaje! El tabú que nos condena a comer la carne humana, no es otra cosa que la represión de los estúpidos que se asquean de su propia mierda cuando defecan. Le diré que no me arrepiento, que lo que ahora me condena algún día los hará libres; lo que yo hago es ciencia y en nombre de ella, y de la carne de Cristo, me declaro inocente.

— Obviamente Monsieur Mazur, sabemos que usted es “inocente”, y de hecho está usted recluido en esta galera a petición de nuestro insigne Presidente Porfirio Díaz, no ponga cara de sorpresa, de hecho él no lo está traicionando, al contrario, le agradece sus consejos y sugerencias de cambios culinarios, tan es así que dispuso que usted pase a ser parte de la próxima cena que conmemora el natalicio de nuestro mandatario. Él asegura que su abolengo y carne blanca le proporcionarán el toque europeo que necesita…

Comentarios


Una respuesta a “Cuento | Caníbal – Verónica Miranda”

  1. Avatar de Veronica Miranda

    ¡Muy agradecida con esta oportunidad!
    Envío mi cariño y respetos.

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