Cuento
El abuelo de Adrián
Autor
Jorge Arturo Hernández
Género
Ficción inquietante · Literatura contemporánea
Lectura
5–10 minutos
Un grupo de niños observa con inquietud al anciano enfermo que vive en casa de uno de ellos. Entre manchas, gritos nocturnos y secretos familiares, la curiosidad infantil transforma lo cotidiano en una presencia tan ambigua como perturbadora.

La piel de los brazos y de las manos se deshace como la cáscara de una papa hervida. Si presionas con un dedo, sientes la carne; luego, cómo escurre la sangre caliente. Tiene los brazos y las manos llenos de telas manchadas. Huele a yodo y a enfermedad, y a veces grita cuando todos estamos durmiendo. Grita y despertamos. Dice que le falta el aire y que no se quiere ir porque todavía no es tan viejo.
Eso nos cuenta Adrián acerca de su abuelo. Nos dice también que es un hombre acabado, lleno de años, que ya no puede caminar ni sostenerse en pie sin apoyarse de algo o de alguien. Lo deben ayudar para dar unos pasos. No muchos porque se cansa o se cae y entonces llora.
Es un hombre que mira, hundido en un sillón antiguo. Yo no sé qué tanto es lo que ve, continúa Adrián. Es como si estuviera viendo una película detrás de sus ojos. Una película triste, a veces, porque se le escapan las lágrimas. O feliz, pues también se ríe a solas. No se da cuenta de que siempre lo miro, oculto detrás de algún mueble, o cuando hago la tarea y me siento cerca para saber más de él. Una vez le dije que me contara una historia, pero se quedó dormido muy rápido. Al despertar, yo tenía la cara a unos centímetros de la suya: intentaba levantar sus párpados para saber de una vez por todas qué hay detrás de sus ojos. Cuando despertó, se asustó y yo me reí. El abuelo gritó. Mamá llegó corriendo y se acercó. Él dijo algo bajito; mamá me buscó con la mirada, pero yo ya me había escondido debajo de la mesa, desde donde contemplaba el miedo de uno y el enojo de la otra.
Estamos tumbados, panza arriba, en el parque del barrio. Hoy las clases terminaron antes porque la maestra se sintió mal y decidimos que era muy temprano como para llegar a nuestras casas. Adrián dijo que no quería irse porque tendría que cuidar a su abuelo y ya se siente fastidiado de esa obligación.
Adrián, Silverio, Augusto y yo estamos tumbados, panza arriba, viendo el lento viaje de las nubes y cómo se balancean las hojas de los árboles con la brisa que trae el otoño, que las desprende.
Nunca lo vi caminar rápido, nos cuenta Adrián. Me acuerdo que se apoyaba de los muebles para ir al baño. Lo vi caerse algunas veces. Cuando las caídas comenzaron a ser más seguidas, se tumbó en el sillón y desde entonces ahí se quedó. Los domingos lo sacamos al jardín de la casa para que su piel respire y se cure un poco y se seque la sangre. Para que el aire se lleve ese olor a enfermedad que llena la casa.
No te creemos, Adrián.
¿Qué?
Lo de la piel… nada. Queremos conocerlo; queremos ir a tu casa y ver si es verdad, reprocha Silverio, que parece ser el más aburrido de los cuatro.
El comentario toma por sorpresa a Adrián, que se sienta sobre el césped y nos mira como quien no entiende algo y quisiera saber si nosotros conocemos la respuesta.
Yo sí te creo, le digo para tranquilizarlo. Pero también me gustaría verlo.
El domingo, dice. Vayan el domingo a mi casa y lo verán.
Guardamos silencio. Las nubes siguen su curso y van cambiando de forma; por momentos parecen avanzar más rápido y en ocasiones es como si se mantuvieran quietas en lo alto, contemplando lo que hay en la tierra. Nos quedamos en silencio.
Veo los brazos de mi madre mientras sirve comida en mi plato. Repara en mi atención y me pregunta qué ocurre. Sacudo la cabeza en forma negativa, sin decir palabra. Miro la piel de los brazos de mi padre: no parece cáscara de papa hervida. Me rasco mi piel y quedan las marcas de uñas, pero no hay sangre ni carne viva.
Mi abuela también es vieja. Todo el día está sentada en una silla de ruedas, todo el día duerme y desde hace mucho tiempo habla muy poco. Me acerco despacio, quiero tocar su piel para saber si es verdad lo que nos dijo Adrián. Está inmóvil. Escucho su respiración pausada y de cuando en cuando suelta un suspiro. Me acerco despacio hasta que estoy a su lado. Veo si mis padres están cerca. Al comprobar que no hay nadie, me animo a hacerlo.
No es verdad que brote sangre. Dejé una marca, pero no sangra su brazo.
La abuela no sintió nada. Sigue dormida, con su respiración pausada. Ahora suspira. Si abriera los ojos, me encontraría frente a sí.
Papá me sorprende junto a su madre. ¿Pasa algo?, pregunta.
Miraba la piel de la abuela, digo, y me alejo en seguida rumbo a mi cuarto.
No es verdad que la piel se rompa como cáscara de papa, le digo a Adrián en cuanto lo veo, en el salón de clases, al día siguiente. Augusto y Silverio aún no llegan. Adrián me observa con sorpresa y pregunta por qué lo digo.
Rasgué la piel de mi abuela. No salió nada.
Hay pieles más fuertes. Esta mañana mi abuelo sangraba de un brazo porque sentía comezón, se rascó y gritó que lo ayudáramos. Lo vi. Se arrancó una tira de piel; tenía dos uñas llenas de sangre. Mamá le puso yodo, cubrió la herida y le dijo al abuelo que no lo llevaría a su sillón hasta que prometiera que no se volvería a hacer daño. Salió de su cuarto y lo dejó tirado en la cama. El abuelo comenzó a gritar. Te lo prometo, hija, gritó. Y luego mamá iba a sacarlo, pero no pude ver porque ya era hora de venir a la escuela.
Silverio y Augusto entran al salón. Parecen agitados. Nos miran. Veo que intentan decirme algo con la mirada, pero la presencia de Adrián los cohíbe.
Ahora llega la profesora. Saluda y pide que saquemos la tarea. Veo a Silverio escribiendo, apurado. Pienso que no hizo los deberes. Sin embargo, me equivoco. En cuanto termina de escribir, corta un pedazo de la hoja del cuaderno y me lo hace llegar.
Leo: Augusto y yo vimos al viejo desde lejos pasamos a su casa no entramos sino que trepamos a una barda desde donde se ve bien la casa y ahí estaba el viejo que da miedo.
La profesora nos llama, uno a uno, para entregar la tarea. Cuando me toca el turno, al pasar a su lado intento preguntarle a Silverio si vieron la sangre. No puedo decirlo en voz alta. Lo digo por lo bajo, pero no me escucha.
Adrián nos mira con extrañeza; toda la mañana ha estado sumido en un silencio que no conocíamos.
Suena el timbre para salir al recreo. Voy pronto al lado de Silverio y le pregunto si vieron la sangre.
Nada. La barda está lejos.
Adrián se acerca. Nos observa y en seguida agacha la cabeza.
El domingo me creerán, amigos, dice.
Es viernes. Viernes a la tarde. Pienso en los brazos del abuelo de Adrián. Pienso en cómo huelen la enfermedad, el yodo, la carne que escurre sangre. Me pregunto si todos seremos viejos enfermos; si mamá, que ahora mismo me observa con curiosidad, olerá a carne con sangre; si papá, que no ha llegado del trabajo, tendrá la piel de los brazos como cáscara de papa hervida.
De pronto me cuesta creerle a Adrián: una vez más presioné la carne de la abuela y no brotó nada. Siempre duerme, hundida en su silla. Si abre los ojos es únicamente para comprobar que sigue viva, que está en la casa. Hace tiempo querían llevarla a un lugar para ancianos, pero lloró y gritó. Si me llevan, dijo, me mataré y vendré en forma de fantasma y no los dejaré en paz, ¿me oyen?
Papá cree en fantasmas; mamá, no. Yo no he visto ninguno, pero no puedo asegurar si existen o no. En todo caso, la abuela sería el primer fantasma que conocería.
Me llaman.
Te buscan tus amigos, dice mi madre.
Silverio y Augusto están afuera. No habíamos quedado en vernos, por eso me sorprende su visita. Tienes que acompañarnos a ver algo, dice Silverio, que sujeta un par de binoculares. Ven, me apura Augusto.
Le digo a mi madre que volveré en seguida. No escucho su respuesta.
Mis amigos caminan de prisa, trotan, corren. Apúrate, dicen.
Llegamos.
Es la casa de Adrián, les digo.
Sí. Tienes que ver esto, dice Silverio.
Trepamos a una barda no muy alta, nos sujetamos de algunas ramas de árboles. Del otro lado está el jardín de la casa. No veo nada. Silverio observa con los binoculares. En seguida me los entrega. Hacia allá, me indica, a la ventana.
Me coloco el aparato con una mano, mientras que con la otra me sujeto. Detrás de la ventana veo al abuelo de Adrián. Es un hombre flaco, canoso; está sentado en un sillón, como dormido. Se le ve una joroba. Enfoco las lentes en los brazos: están cubiertos con telas manchadas de rojo. Es verdad lo de la sangre, digo, al tiempo que retiro los binoculares.
A ver, dice Augusto. Observa. Ya no se le ven los brazos, se lamenta. Hace un rato le vimos la piel. Silverio asiente. Se ve horrible, agrega.
Tendremos que esperar al domingo.
El sábado no pasó gran cosa. Como el tiempo iba tan lento, quise salir de casa e ir a trepar la barda en busca de la piel del abuelo de Adrián. Quería ir para comprobar de una vez eso que nos ha dicho nuestro compañero. Pero mis padres me dejaron cuidando a la abuela mientras ellos iban de compras al mercado.
Para que avanzara más rápido el tiempo, me senté cerca de la vieja sin dejar de mirar sus brazos. Presioné algunas veces sin que hubiera reacción: ni brotó sangre ni ella despertó. Pude ver que es una piel delgada; se la estiré con dos dedos. Quería rompérsela, pero no me atreví. No me atreví y además despertó de golpe. Me descubrió muy cerca de ella y clavó su mirada en la mía.
Soñé, murmuró, que muchos enanos me arrancaban la piel, hijo. Soñé que me salía sangre de todas partes del cuerpo.
De su boca salía un olor apestoso, de anciana. Después me miró fijamente, sin parpadear; sus ojos temblaban un poco.
No serás tú uno de esos enanos, ¿verdad? Porque los enanos son malos. Soñé que me desprendían toda la piel y estaba en carne viva…
Ya no habló más. Se quedó dormida. Me separé de ella y no volví a acercarme hasta que volvieron mis padres.
El domingo amaneció con un sol caliente. Esperaba con ansias la llegada de mis amigos. Adrián nos había dicho que fuéramos en la tarde, que es cuando sacan al viejo a calentarse.
Cuando Silverio y Augusto llamaron a la puerta, mis padres dormitaban, al igual que la abuela. Papá fue el primero en abrir los ojos; en seguida, mamá preguntó qué ocurría. Me sentí con derecho de salir debido a que la tarde anterior me había hecho cargo de la abuela.
Pero no vuelvas muy tarde, dijo mamá al anunciarle que iría con mis amigos.
En el camino discutíamos quién se acercaría primero a ver los brazos. Llegamos a la casa de Adrián antes de ponernos de acuerdo. Todavía en la puerta buscamos tomar una decisión, pero no hubo tal.
Fue Silverio quien presionó el timbre. Nadie atendía. Observamos por debajo del portón, pero el jardín se veía solo. Luego llamé yo, a golpes y gritos. Nadie salió.
Creíamos que habían ido a dar un paseo dominical. Pero Augusto recordó que el viejo ya no podía andar.
Si está solo, podemos entrar a verlo, sugirió.
Subimos la barda, dispuestos a brincar al jardín en busca del abuelo de Adrián. Si bien la barda no era muy alta, no había forma de salir por ese mismo lugar sino por la puerta.
Pero cuando estábamos a punto de saltar, vimos a la mamá de Adrián. Nos ocultamos entre el follaje de un árbol sin dejar de ver a la mujer. Lloraba, hablaba en voz alta y de repente iba y venía, se tomaba del cabello y agitaba las manos en el aire con desesperación.
De pronto, la señora se sujetó el estómago y empezó a vomitar. Luego caminó hacia una orilla del jardín, justo en la zona que yo podía ver mejor que mis amigos.
¿Qué está haciendo?, preguntaron los dos.
No sé, mentí. No les dije que se había acercado a un hoyo grande.
Después regresó a la casa. No tardó en salir, una vez más, pero ahora en compañía de Adrián y de su esposo. Los tres cargaban un bulto envuelto en sábanas blancas con manchas rojas.
Silverio se bajó en seguida. Augusto se acercó a mí y me tomó de un brazo. Yo estaba inmóvil, aunque de cuando en cuando temblaba.
En cuanto dejaron caer el bulto en el hoyo, comenzaron a echar paletadas de tierra.
¿Será el abuelo de Adrián?, le pregunté a Augusto, quien no dijo nada porque estaba pasmado, mirando con miedo lo que ocurría.
Al terminar de cubrir el hueco, la madre de nuestro amigo vomitó una vez más. El hombre decía frases que no escuchábamos, mientras volteaba a todas partes. Adrián y su mamá parecían asustados. Miré hacia la ventana por la que pude ver al viejo, días antes, pero esta vez no había nadie en el sillón.
Silverio, desde abajo, preguntaba qué ocurría.
De pronto quise bajarme, huir, pero no podía hacerlo porque seríamos descubiertos. Ahí nos quedamos hasta que la familia se perdió dentro de la casa.
Una vez que los tres estuvimos abajo, corrimos, cada uno a su ritmo y, en determinado momento, por caminos distintos, sin decir nada.
Llegué agitado a casa. Por suerte, todos dormían. Pasé de largo la sala y me encerré en mi cuarto.
Era el abuelo de Adrián, me dije. Enterraron al abuelo de Adrián. No le vimos la piel.
El lunes no quería ir a la escuela, pero no tuve pretexto para faltar.
En cuanto llegué, busqué a Silverio y a Augusto; sólo vi al primero.
Adrián no ha llegado, me dijo. ¿Crees que era el abuelo?
Sí, contesté. Estoy seguro de que era el viejo al que enterraron.
De pronto apareció Adrián, que se acercó a nosotros con cierta tranquilidad.
Ayer los estuve esperando, dijo.
¿Cómo está tu abuelo?, se me ocurrió preguntar antes de soltar alguna excusa.
Ya no sangra, nos dijo. Papá encontró un buen remedio.
Nos miró a los ojos, sonrió y se alejó en busca de su puesto.

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