Cuento

Indios de Mierda


Autor
Cristian Ochoa

Género
Narrativa contemporánea

Lectura
15 a 20 minutos

Durante un viaje por Bolivia, Cristopher y Brenda recorren carnavales, ciudades, minas y paisajes mientras filman un documental y discuten constantemente sobre privilegio, identidad y la manera de mirar a los otros. Pero el viaje comienza a revelar algo mucho menos cómodo: la distancia entre los principios que defendemos y lo que somos capaces de hacer cuando la violencia deja de ser ajena.

Ilustración a lápiz y tinta de dos viajeros descendiendo por un camino del altiplano boliviano hacia un salar, inspirada en el cuento Indios de Mierda de Cristian Ochoa.

—¿Y a qué huele?

—¿Qué?

—La carne humana ¿A qué huele cuando la tiran al fuego?

—A tocino. A tocino con huevos estrellados. A eso huele… es que tiene mucha grasa.

—¿La probaste?

—Creo que sí.

—¿Y recuerdas a qué sabe?

—A dolor, sabe a dolor.

A pesar de la noche y la oscuridad es posible ver que el suelo está seco, piensa Cristopher. Los ladrillos naranjas y el polvo que flota entre la luz como anémicos mosquitos se distinguen a quinientos metros de altura. Sólo hay que mirar por la ventana del avión.

En Lima los cambiaron de nave. A una obsoleta. Un modelo que en América ya no se usa para vuelos comerciales. La aeronave tenía hélices en las alas y en la punta de la cabina. Era estrecha y la mitad de los asientos estaban desocupados.

Este avión se parece a las fantasías animadas de mi infancia.

—¿Disculpe? —le responde su compañera de asiento.

Una misionera de Kansas. Menor de edad. Pelirroja.

«Lo siento, hablé solo», le responde Cristopher en inglés.

«Yo voy a Santa Cruz», dice la misionera.

«Y yo a La Paz», le informa en español Cristopher.

«Todavía tengo que hacer otra escala ahí», replica la misionera.

—¿Por qué siempre te afeitas la barba y te dejas esa perilla? Mi hermano y mis primos matarían por tener esa espesura. Ese grosor.

—No chingues Brenda. Parece que me estás albureando.

—A veces se me olvida que también eres mexicano.

—Es que lo soy. Mi problema es que nací en Estados Unidos.

—Es muy chistoso cómo te molesta que la gente de aquí te diga blancoide. Por un momento creí que nos iban a correr. Que por tu culpa todo se iba a la chingada.

—Siempre haces lo mismo.

—¿Qué?

—Culparme de las cosas que van mal. En todo caso no me van a dejar llegar a las profundidades de los Yungas. Yo quería ver cómo cosechan las hojas.

—No siempre puedes hacer uso de tus privilegios de blanco patriarcal.

—Son una contradicción estas personas. Se la venden al narco para que gente como yo la pague cien veces más cara de lo que ellos creen que cuesta. Nunca vieron un sólo dólar de esas fortunas. Se engañan. En fin. Todo sea para que logremos el documental.

Los participantes en el carnaval Gran Poder, simulan marejadas. Mujeres y hombres que lanza el sol desde las cordilleras. Bailan sin parar. Refulgen.

Cristopher piensa que las piernas y las nalgas de esas mujeres siempre están ocultas. Hoy no. Le asombra la fuerza de esos muslos. De los culos morenos. Su tensión.

Cristopher está ebrio. Demasiado. Necesita orinar. Cerca no hay baños. Todos, hombres y mujeres mean en la calle. La Paz siempre apesta a orines de indio, le dijo una austriaca que trabaja para la UNICEF. Cristopher mea atrás de dos camionetas ataviadas como carros alegóricos. Se alivia.

Se reintegra al gentío. Choca con la Preste Miriam Mamani. Sus ojos cedrón lo detienen. Sonríe. Ella fue quien los invitó al palco que representa su comunidad. Entonces Miriam le entrega otra botella de singani. Cristopher intenta beber y La Preste le toma la mano.

«Primero la Ch´alla», ordena la mujer.

Lo guía para derramar un chorro de bebida en el piso. Después se besan. Sus dientes chocan. Las lenguas se embarran. Respiran fluidos. A lo lejos Brenda los ve. Intenta huir. Una corriente de orina y basura la hacen resbalar y caer.

—Creo que debe tener treinta o cuarenta años más que ella. Mínimo. La chica no rebasa los veinticinco. El viejo fácilmente tiene sesenta. Y soy generoso.

—Te juro que todas las noches ella encuentra la manera de aparecer desnuda frente a mí. Ayer la encontré en el baño. Hoy en la cocina. Siempre lleva el pelo suelto. Le cubre el rostro. Finge que no me ve. Pero cuando nos cruzamos me roza con sus dedos. Scary.

—Creo que quiere seducirte para llevarte con él. Insisto. Cuando me lo presentaste su cara era de fastidio. Es el típico anciano que le teme a otros hombres porque representan un peligro para sus intereses. Cree que todos somos como él fue.

—Yo así te imagino de viejo. Vives en otro país. Lejos de Estados Unidos. Con una mujer más joven. Tu casa llena de libros. Los recuerdos de tu vida y de tus viajes en las paredes. En los estantes. Alguien con cierta importancia. Pero no vivirías en Cochabamba. Tal vez Guatemala o en el sur de Asia.

—No Brenda. Te equivocas. Yo quiero tener hijos y cuidar de ellos. Eso no permite alimentar el ego. Además, sabes que a mí me gusta vivir en San Francisco. Odio estar lejos de las ciudades más tiempo del necesario. Tampoco me gustan las mujeres mucho más jóvenes que yo. Aunque no lo creas, tengo códigos de conducta.

—¡Cállate! ¿Escuchas? ¡No manches! Ahí están otra vez. Hacen esos ruidos en los que simulan que cogen. Pero no hacen nada. Yo los vi.

—¡Sí! Es verdad. Yo también los vi desde el tapanco. En la biblioteca. Ayer. Se puede fisgar entre las maderas hacia su recamara. Él se para en frente de la cama y la patea. Mientras, ella gime. Ni siquiera se masturba o toca. Sólo gime. Too weird.

—Lo bueno es que mañana se van al festival de Oruro a presentar su pinche película y nos van a dejar solitos.

—Ojalá. Ese viejo es un excéntrico. Pero nos va a prestar su casa. Para nosotros dos. Solos. Sin tener algo más que nuestra palabra. Eso se agradece y de alguna manera, lo hace menos despreciable.

Se deslizaron por una rampa de tierra húmeda hasta fondear en un corral. Descansan sobre el forraje de las cabras. Cristopher, Federica y Brenda ríen sin pausas. Federica fue la primera en sucumbir. Resbaló pocos metros después de salir del bar donde cenaron.

«Es la segunda vez que la salvas», le dijo Brenda a Cristopher antes de lanzarse tras el rastro de su nueva amiga. Brenda no tuvo más remedio que seguirlas. Cerró las botellas de vino y sintió que se tiraba dentro de un tobogán acuático. La oscuridad parecía total.

A Federica la conocieron en la mañana. Cristopher y Brenda filmaban las islas flotantes de la etnia uros (gente que vive desde hace siglos sobre el agua del lago Titicaca). Trataban de realizar acercamientos a un adolescente que tejía esteras con totora cuando se escuchó el chapuzón.

«¡Se cayó la italiana!», gritó el capitán de la embarcación que los llevó a las casas undulantes.

Cristopher ni siquiera lo pensó. Fue campeón de natación en la universidad de California.

El hotel donde se hospedan está a medio kilómetro del restaurante. No parecían tener prisa por salir del corral. Los tres estaban de cúbito supino. En silencio. Sobre la Isla de la Luna, en el lago Titicaca. A cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar las estrellas parecen estar muy cerca.

«¿Si el cielo está lleno de estrellas por qué la noche es tan oscura?», pregunta Brenda.

Silencio. Nadie parece tener la respuesta o saber algo de astronomía. Entonces, Federica habla.

Les dice que eso se lo cuestionó Edgar Allan Poe en su ensayo Eureka. Ahí Poe se pregunta por qué, si en apariencia existe un número infinito de estrellas, el cielo nocturno no resplandece y la noche es opaca. El mismo Poe creía que si la oscuridad está por todas partes es debido a la inmensidad del espacio que no permite que la luz del infinito llegue a nuestros ojos. Finalmente, el universo es negro porque es joven. Se expande constantemente. Muchas de esas estrellas probablemente ya están muertas a pesar de la lozanía del cosmos.

Federica concluyó y nadie dijo nada. Cuando el frío los acechó, salieron del corral y regresaron al hotel.

—Me parece detestable pagar ochenta dólares por ir a ver mineros trabajar. Yo no estoy de acuerdo, pero si tú quieres ir, adelante. No voy a impedírtelo.

—La idea de venir acá era conocer el cerro del Potosí.

—Pues sí, pero no las entrañas. Además, desde aquí lo veo perfectamente. La ciudad es muy linda para recorrerla a pie. Si piensas ir dime y yo me voy a Sucre. Allá hay más que filmar. O prefiero leer un libro. No ir a presenciar aquel espectáculo.

—Pues parte de viajar es ir a todos los lugares que se pueda y si ya estamos aquí es una oportunidad que debemos aprovechar. Yo creo que dejar de ir a las minas del Potosí por prejuicios ideológicos es una limitación. Nadie te va a aplaudir, Cristopher.

—Yo no busco, Brenda. Bajo esa lógica si vamos a un lugar donde se comen a la gente deberíamos hacerlo. Total, ya estamos aquí y no sabemos si algún día vamos a regresar.

—Siempre tienes que exagerar todo y arrancarle el entusiasmo a la vida.

—Tengo códigos y principios. Además, no te juzgo. Tampoco impido que tomes tus decisiones. No te obligo a nada. Si tanto es tu deseo, ve sola.

—Pero yo no quiero ir sola. Quiero ir contigo.

—No me vas a obligar a entrar ahí. Estoy seguro que si tú pudieras me forzarías.

—¡Pues sí! ¡Ojalá pudiera!

Otro carnaval. Bolivia está repleto de ellos. El carnaval de Tarija dura treinta y un días. Es demasiado tiempo para estar aquí, piensa Cristopher. Sin embargo, Brenda decidió no drogarse o tomar durante las grabaciones y las cosas se ralentizaron. Todas las mañanas despiertan al alba. El aire del valle a dos mil metros de altura revitaliza los amaneceres. Están conformes con sus nuevos resultados. Con la tranquilidad.

Se hospedan en casa de Checo Marqués. En La Paz, María Galindo, una feminista radical amiga de Brenda, les dio su contacto. Cristopher y su anfitrión —en una hora— ya se burlaban de la Galindo. Parece un punk disfrazado con enaguas de chola, dijeron. Un clown del gótico andino, reían. Brenda amenazó de acusarlos con la agraviada porque iban a matarla de risa. Checo Marqués estudió antropología en Nueva York y sólo habla en inglés con Cristopher.

Dos días antes de que Brenda y Cristopher dejen Tarija, Checo organiza un asado en los viñedos de su familia a las orillas del río Guadalquivir. Al atardecer, Brenda duerme sobre una mesa. Los hombres fuman la marihuana hidropónica que Checo se hace llevar desde Holanda.

«¿A dónde piensan ir ahora?», pregunta Checo.

«A Santa Cruz o al salar de Uyuni. No está decidido», responde Cristopher.

Mientras tanto, Brenda ronca como el rumor del río.

Checo aprovecha para contarle a Cristopher los rumores sobre los nacionalistas croatas que aterrorizan esa zona del país (Santa Cruz). Las Ustachas son tan sanguinarios que hasta los nazis les tenían miedo. Es un movimiento católico y fascista que mató a miles de personas de formas violentas e impresionantes. Sus objetivos eran judíos, gitanos, serbios y también comunistas.

Acá en Bolivia las ustachas tejieron redes de contactos con grupos militares, políticos y empresarios. En la época de Banzer aprovecharon favores de la dictadura para construir su imperio económico. Migraron después de la segunda guerra mundial. Primero estuvieron en Argentina. Allá fueron descubiertos y se mudaron a Santa Cruz.

Actualmente se dice que piensan dinamitar la tumba del Che. También que capturan gente al azar. Migrantes que están en Santa Cruz porque es el mayor centro económico del país. Ahí es posible encontrar gente de todas partes.

Sobre todo, secuestran indígenas. Los drogan, después matan a uno de ellos, lo descuartizan y lo asan. Obligan a los demás a comérselo. Cuando terminan sus raciones les hacen tragar laxantes. Esperan a que éstos hagan efecto y cuando los rehenes defecan le gritan «indio de mierda» a los excrementos.

—Hola… ¿Cómo te sientes?

—No mames Cristopher… Qué pinche preguntita.

—Lo siento. No quiero ser inoportuno. Si te incomodo me voy.

—No. Quédate por favor. No te vayas.

—Es que no sé qué decir.

—Pues no digas nada. No es necesario hablar… Pero te mueres de ganas.

—¿De qué? De hablar. No. Puedo leer o ver la tv.

—No tonto. Tú sabes muy bien de qué quieres que te cuente.

—Mentiría si te dijera que no es así, pero sé que ahora no es un buen momento.

—¿Y entonces cuándo es un buen momento, Cristopher?

—No sé. Cuando tú lo decidas.

—Y si yo quisiera hacerlo ahora y contarte.

—Yo sé que lo que pasó fue una mierda. Nunca me lo voy a perdonar. Pero por qué siento que quieres culparme. Hacerme responsable.

—Porque, ni siquiera en el fondo, sino en toda la superficie, fue tu culpa.

—Yo no te hice nada Brenda. Nada.

—¡Exacto! No hiciste nada. Solamente te quedaste como pendejo mirando cómo me arrastraban a esa camioneta. Ni siquiera te vi correr atrás de ella.

—No la iba a alcanzar.

—¡Ves! ¿Pero qué tal salvaste a la italiana? ¿O me vas a decir que era algo diferente? Te cagaste de miedo. No moviste ni un pinche dedo ¡Maricón!

—Perdón.

—Pedir perdón no me sirve para nada. Me cagaron la vida.

—Lo siento.

—Fuck you.

No es posible ver algún turista que no use lentes de sol. La luz, el cielo y la sal enceguecen. Brenda está en cuclillas y le pide a Cristopher que vigile que nadie la descubra en su intento por desprender un trozo de coral. El salar de Uyuni es un océano desecado a tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. En medio de esa nada salina existe una isla llena de cactus. La isla Incahuasi. Los escalones que el tiempo labró para llegar a la cima son de coral.

Cristopher retrata un cactus de cinco metros y más de mil años. Desea ser uno. Estar en medio de ese desierto blanco en una duermevela milenaria. Voltea y observa cómo Brenda oculta en su ropa un fragmento de coral que sustrajo. El sudor resbala en las sienes de su amiga y le embadurna el cabello.

Dos horas después están en el desierto de Dali. A nadie parece importarle que sea una treta de los bolivianos nombrar así una roca en medio de ese mar evaporado. En su lugar hay decenas de volcanes y geiseres. Corre el rumor de que un inglés cayó en una sima y, aunque hay alarma, tampoco es seria la preocupación de la gente.

Brenda juega soccer con otros turistas de diferentes nacionalidades. No hay nada más que hacer en estas alturas, piensa Cristopher. Entonces regresa al Land Rover que los transporta, toma la mochila de Brenda y saca el pedazo de coral que ella robó. No lo piensa dos veces y lo lanza con fuerza a una laguna de aguas moradas y rosas que refleja el sol como un faro a punto de extinguirse.

Cuando llegan a la Frontera con Chile, Brenda descubre que perdió su tarjeta bancaria. Cristopher no quiere saber más de ella. Él tenía planeado volar de Atacama a Perú para regresar a San Francisco. El Land Rover los abandonó porque su regreso no estaba contemplado. Ahora tienen que regresar a La Paz o Santa Cruz para que el consulado les tramite una reposición con la casa matriz del banco en México.

Esperan, en medio de una nada repleta de viento y frío, que el azar envíe un jeep con dos lugares de sobra.

A pesar del clima gélido, Cristopher exclama decenas de palabras altisonantes fuera de la cabaña donde la guardia fronteriza chilena les pidió esperar. Brenda escucha cómo su amigo azota los pies para entrar en calor.

No está arrepentida. Toma su tarjeta del banco, la dobla y esconde entre dos tablones. Ojalá nadie la encuentre, piensa.

Afuera, un zorro dorado y pardo con hocico escurriendo sangre se mira fijamente con Cristopher a los ojos. Los dos se sonríen con rabia. Las sombras vespertinas de la cordillera andina se aceleran.

No parece que nada malo o bueno pueda suceder.


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